domingo, 8 de abril de 2012

El Abierto de Australia, 2007.

Fernando y Federer
en el Abierto australiano.
Sobre cálida y verde cancha de asfalto,
bajo cielo continental,
con brincos y saltos legendarios
proyectándose canguros
en la estepa.
Se juegan el título de Australia.
Fernando, ansioso y trémulo.
Federer, aplomado y circunspecto.
Ambos atizan la bola con tesón.
La figura del suizo se agiganta.
El chileno piensa en la tierra
de Valdivia y Neruda :
" Aquí terminan estos viajes.
Yo he tomado parte en esta lucha,
en ésta tú victoria ".
( El fin del viaje, Neruda ).
Tal como la sombra del ombú,
con la caída de invierno,
se desvaneció el primer Grand Slam
del Bombardero de la reina.
Plena de alborozo la fanaticada
lanza a la cancha,
aplausos como flores.
Ya lucen sus preseas
y sueñan con la parda arcilla,
en los aires del Sena.
Para Federer, se dora su palmarés.
Para Fernando, el subcampeonato.
Atrás quedan el celaje
de los niños corre bolas
y los escarabajos dorados,
empeñados también,
en ver la lucha
de titanes del tenis.

La primera bola de tenis

Una vez hace muchos años,
apareció en mis manos
una bola de tenis.
Su color era caqui,
distintas a las de hoy fosforescentes.
La trajo mi hermano mayor
de la capital.
Para mí, era muy graciosa
por su particular bote,
por su color y ligera lana.
Mi hermano me explicó el juego.
Pero mi mente lo reinventó.
Jugaba con las palmas de las manos
en el pequeño parque de grama,
como un Wimbledon intempestivo.
Pasaron los años.
Un día me encontré tras la verja
de una cancha verde.
Parecía un campo de lirios;
pantalones cortos blancos
y, blancos también, los jubones.
Blancas las rayas trazadas,
blanca la red.
Un mar de espumas liliales.
los golpes de las raquetas
contra las raudas bolas,
se grababan para siempre
en el palpitar de mi corazón.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El juego de los pitirres

A nuestra cancha
la guardan los árboles.
En ellos habitan las aves;
Pero sólo los pitirres juegan.
Cuando desvanece el crepúsculo,
se encienden los faroles.
Entonces aparecen los insectos
a tomar baños de luz.
Su vuelo en tirabuzón,
alrededor de los faroles,
dificulta su captura.
Los pitirres se desprenden
de las ramas
y en aéreas maniobras,
esquivando el celaje de la bola
cazan en el pico
el coleóptero dorado.
A veces, dos aguerridas avecillas;
como pequeñas naves motorizadas,
surcan en hondonadas la cancha.
A una se le escapa el insecto,
la otra zampa en su pico
la presa volátil.
Con los golpes de raquetas
se escucha el batir de las alas,
como frenéticos aplausos
por nuestras jugadas.

Deuce

No era bueno el sol
de las once de la mañana.
A esa hora amarilla
me tocó jugar.
A mi edad el sol
traspasa y desvanece.
La cancha estaba
verde y bronce.
El oro de la bola
trazaba arco iris
con sus destellos
de velocidad.
El encintado de la raqueta
comenzaba a abrir su grifo
y, la mano palpaba el surtidero.
Los puntos escapaban,
la tenacidad los rescataba,
pero nunca alcanzaba ventaja.
¿ Será la equidad una ventaja ?
El combate entraña
una lucha voraz y feroz;
nos hace sentir la vida.
Pensé subir a la malla.
Cambié una bola número uno,
por otra número tres.
El albur trajo mi suerte.
Golpes de frente,
golpes de revés.
Entonces caminé en llamas
y sobre la red, estreché una mano
exánime con una espada de sol
en el corazón.

Torneo

Hoy arden colores en la cancha.
Al costado, frente a las gradas,
una trulla de entusiastas
muchachas.
Llevan faldillas anaranjadas,
blusas blancas sin manguillas,
muy cortas que dejan al aire
el sello umbilical.
Están inquietas, atronan
el ámbito con sus gritos.
Agitan globos púrpuras de fieltro
erizados.
Una de ellas luce
una fez de penacho escarlata.
Se enarbolan banderines
que tremolan con los puntos
de los nuestros.
La percusión de los varones,
ritma la música movida,
mientras la fanaticada,
golpea las palmas
al son de las notas.
Pero este barullo
se desata al cabo de los puntos.
Por lo demás, el silencio
es absoluto.
Los nuestros concentran
en sus estrategias.
Al final, la eclosión
esparce sus ondas.
Los colores se agitan encendidos,
por nuestra gran victoria.

Canchas desoladas

Llegué al pueblo
en la soleada mañana.
En mi auto, los tenis,
las bolas y raqueta.
Conduje apresurado
para realizar la encomienda,
vestido de domingo.
Bajo aquella ropa,
me incomodaba un corto
pantaloncito.
Estuve en la cancha.
Eran varias las superficies,
pero mostraban resquebrajaduras
y entre ellas, un escozor de hierbas
asomaban sus codos peludos
como extraños seres,
que se apresuraban a emerger
del fondo del planeta.
El sol deslumbraba el solado.
El retículo henchido
con el soplo
de la brisa,
era una vela abandonada.
Recordaban, aquella estancia
tenística, las mesas con utencilios
y cubiertos,
manteles y servilletas,
pero sin alimentos y comensales;
un refectorio a la espera
de los invitados.
Una inquietud invadía mis sentidos.
Un deseo de jugar arañaba
en mi ansiedad,
y la paz,
y el silencio
alargaban el tiempo
y me infligían la derrota.