sábado, 9 de noviembre de 2013

Bolero de Maurice Ravel

Una batalla pírrica

La platífera luz cegadora, mostraba como un espejismo el sinuoso paisaje de pura arenas ardientes. Al final en el horizonte desértico, asomaba a verse la fila tambaleante de un breve ejército que marchaba agónico y asimétrico. Buscaban un oasis para aplacar su horrible sed. El agua era su gran victoria ansiada después de un arrojo bélico desastroso.

Había que afinar la vista y precisar la mirada para poder delinear, a lo lejos, los primeros guerreros árabes que aparecían entre una transparente bruma de polución arenisca.

La música de Ravel recoge esa primera aparición en lontananza. Vienen con las ropas raídas, compresas manchadas de sangre, apósitos en distintas partes y turbantes en hilachas arañados por la guerra, algunos habían perdidos los calzados. Esa música se va intensificando a medida que la tropa se acerca. Entra un número mayor de clarinetes, de saxofones y, aparece la flauta travesera.

Toda la melodía se mueve y se contonea como la serpiente que sale en espiral de la canasta en que dormitaba. Es una música árabe que atrapa el silencio de las dunas adormecidas por el aislado calor de la inmensidad enarenada.

Se distingue mejor la figura que marcha en vanguardia : es el capitán. Una banda de tela, ( diríase teñida de alheña ), pero es roja sangre, le corre de la cabeza pasando bajo su quijada estropeada. Sus pasos son altivos, pero sin firmeza. Todos beberán agua y él será el último.

El tambor va marcando con los golpes armónicos, los débiles pasos de la tropa. La partitura se repite y se repite, en círculos concéntricos mientras dura la marcha heroica y mientras más claros se ven todos los combatientes. El tono se eleva ya cerca del clímax y se emplean todos los instrumentos.

Esta estrategia musical, la adaptó Gabrier García Márquez en la literatura al repetir y repetir la muerte de Santiago Nasal, en Crónica de una muerte anunciada. Estas repeticiones, tanto de Bolero como de Crónica, son por la maestría como se ejecutan, efectos de mayor agrado.

Al llegar los soldados al oasis, la música de Bolero alcanza su mayor sonoridad. Los sedientos guerreros se han lanzados sobre las frescas aguas, pero uno permanece erguido al pie de la corriente y cuando todos han chocado las caras contra el cuerpo de las aguas que han salpicado al capitán, entonces él también cae inerte a las sombras de las palmas de dátiles. La música de Bolero estalla rematando su final con espectacular sello.