jueves, 26 de abril de 2012

Canchas de marfil

En los hoteles de lujos,
donde figuran algunas estrellas
adjudicadas a su excelencia,
tienen varias canchas de tenis.
Lucen vestidas de quinceañeras.
Se ofrecen apetitosas
como una fresca manzana.
Con el sol claro y tenue,
seca algunas burbujas
de tibio rocío,
en el esplendor de su verde.

Llegan parejas
de gringos desarticulados.
empolvan la faz
de la cancha,
con la mota de la bola.

Yo me angustio
por no llevar raqueta,
por estar de pasada.
Estoy como quien ve
sugerentes artículos
tras una vidriera.

En un lugar
propiamente dispuesto,
mesas con arqueadas sombrillas
y, sillas de atractivo diseño.
Una media luna
de sombra,
cae de la redondeada cobija.
Al cabo se sientan
los turistas.
Un mozo
de botones dorados
y cuello inmaculado,
sirve sumo de naranja
en repujada cristalería.
La cancha
sin los obesos turistas.
es ahora más ancha.
El verde campo de tenis,
se posa como una firme
toalla mullida
e inconmensurable.

Jugar un partido
en esta loseta
metricada de blanco.
es conservar un granizo
para una colección
de lluvias.

sábado, 21 de abril de 2012

Bolas de tenis

Las bolas de tenis nuevas
huelen a zapatos nuevos.
Florecen la cancha
con destellos verdosos
y su ternura recuerdan
las peras maduras.
son suaves y firmes
como los senos juveniles,
estimulante y motivadoras
como un juguete nuevo.
Salen de la raqueta
como tiros de cerbatanas,
hieren en el ánimo
y, dejan siempre
un caído en el fragor.
Las bolas de tenis
tamborilean sus sonidos
y si de lejos dudamos
si hay gente jugando,
sus toques o trazos,
nos revelan presencia
de juegos anhelados.

Allá en el Centro Comercial
son nuestros señuelos.
La esposa nos descubre
como un niño entre las golosinas.

Cuando llegan los aprendices,
un aluvión de bolas
saltarinas y fugitivas
tupen la cancha
como tapiz de borlas
de graduandos
o destellos de luciérnagas.



viernes, 20 de abril de 2012

Treinta











                                            30

Mi raqueta

Mi raqueta duerme
en mi cuarto :
cerca de camisas y pantalones.
Huele a indumentaria
y, despide sumo de batallas.
A veces la concibo
como un reloj de pared,
tiene cuerdas muy tensas
ocultas tras cubierta gris.
Desde mi lecho
me topo con su silueta.
Está en vigilia
y su pomo de espada
quijotesca, aguarda
por las hazañas
del atardecer.

Los dos penetramos
un campo de sueños.
En esa cancha,
como de corcho
donde llegamos,
se arremolinan para
tocar la tierna raqueta
y como un conejo gris,
husmea manos y dedos :
y salta a la mía,
para hundirse como estoque
o abrumar de garrotazos
y regresar como Clavileño,
desde dudosos aires
a una humilde alcoba.

jueves, 19 de abril de 2012

Tenis en los años sesenta

Era la ciudad universitaria
dormida al comienzo
de los años sesenta.

Un libro leía :
Venezuela política y petróleo,
de Rómulo betancourt.
También un relato
de Voltaire : Micromegas.

Entre las sombras
de los árboles poderosos,
unos versos de mar y de amor :
Los versos del capitán.

Las muchachas de cutis de nácar
y, cadencia de mariposas,
con sus risas de ruiseñores
y, el bolso de los cuadernos.

Descubría en el esplendor
universitario,
un lugar de sombra y de sol :
grandes peldaños romanos,
rodeado de penumbrosos
follajes y, una cancha verde
donde se jugaba el tenis.

Mis ojos seguían
de lado a lado,
los envíos
de aquel hermoso juego,
tan distante de mí
y, tan cerca del corazón.

Aprendices de tenis

La cancha se ofrecía
fresca como la menta.
En las gradas,
esperábamos algunos entusiastas.
Ese día, de luz mañanera,
jugaban un padre
y dos niñas.

La bola paseaba en globo,
como en órbita desorientada
fuera del prado de juegos.
Veíamos los azotes de raquetas
sin punto de destino preciso.
Bola loca en el aire.
La familia contaba los tantos :
quince, treinta,
ventaja -- ventaja -- pensaba yo,
por los cristales del hubble.

A las niñas les invadía
el entusiasmo.
El cabello aireaba
la lumbre de sus mejillas.
El padre buscaba
bolas perdidas,
las niñas reían
y se comunicaban
algunas cosillas.

El tiempo tardo
en transcurrir,
como sustancia viscosa.
Sin embargo,
la familia disfrutaba.

La cancha, holgada,
para ellos, una inmensidad.
Para nosotros se nos escapaba
como una pastilla de menta.

miércoles, 18 de abril de 2012

Esperando turno

La cancha abre sus girasoles.
En las gradas, hoy se mueven
cabezas, se agitan raquetas,
se estiran piernas;
las aspas de las manos
crean los molinos
para triturar aspiraciones contrarias.
florecen las conversaciones.
Se enciende el humor.
Estallan las risas,
pero se sigue la gracia
de los sembrados.
Concluye una pareja,
invade el campo
nuevos tenistas.
El tiempo se nos alarga,
se nos escapa la vista
hacia unas zonas de grises nubes.
Comenzamos a oir los golpes
y, hasta diferenciamos impactos.
Los empates se alargan,
se alargan.
Sentimos cierta urticaria
que nos recorre el espinazo.
Al cabo, finaliza el juego.
Entran a la cancha
cuatro sembrados.
El juego es más ancho,
es aparentemente lento.
Ha recorrido una fracción
de tiempo. Pienso :
¿ cuánto tiempo más esperaré ?