lunes, 10 de junio de 2013

Acuarelas de un pueblo provecto

Tomado del libro Ciudadanos de Lares, de Carlos Mercado.

" Todo hombre comparte, sin embargo, su estructura mental con otros, con los que por la historicidad de su esencia está ligado. Una comunidad lógica es para él su propia familia, su pueblo o ciudad, su país o clan, su nación. Todas estas comunidades sobresalen de otras por una cualidad típica, y están, por lo tanto, configuradas externamente por un característico estilo colectivo. Todos estos estilos están impregnados por el estilo de época. Hay que asignar todo ello no a una comunidad regional sino a otra delimitada por el tiempo : la comunidad de época ". (Walter Falk, Impresionismo y Expresionismo, ps., 28- 29, edt. Otto Muller, de Salsburgo, 1961 ).

La carretera, tan negra y acerada como toba del río. Se tendía sobre el pueblo igual que oscura correa sujeta a la cintura del hombre. Al cenit, parecía elevar al espacio su espíritu en efluvio de tenue temblor de neblina. Los pies descalzos de los hombres más acostumbrados, saltaban de punta y de talón, de talón y de punta al contacto con la brea incandescente.
La carretera como un río de aguas en la noche, guardaba en ella la pedrería de hojalata, tesoro que había ido acumulando en su lecho a través del tiempo : herraduras que los viejos y cansados caballos soltaron como un destello de sus pezuñas y que el trajinar y el sol se ocuparon de hundirlas, chapitas de gaseosas, herraduras de zapatos, botones de nácar, canicas, alguno que otro carrito de metal, que un niño vio aplastarse bajo los neumáticos de un auto y que fue su quiebra en el haber de sus juegos. Al cenit, fulguraba la pedrería como astros de la calle. Esta carretera, la única del pueblo, era ligeramente arqueada y en sus longitudes laterales comenzaba a carcomerle las piedras de la orilla auxiliadas por la lluvia y la menuda taladrante hierba. Cerca de allí se asomaban las casas de maderas.
En las mañanas áureas se podía oír desde todas las casas el repicar de los cascos de los caballos como campanas ciegas cuyos sonidos no iban más allá de su impacto. La calle hacía, entonces, presencia en cada hogar y, si alguien lavaba su rostro con agua de sol en una palangana, dejaba de escuchar el chasquido de cristal quebrado en sus manos y, auscultaba en sorbos de aire el tac-tac-tac de pezuñas sin herrar de las bestias cabizbajas.
Por aquella vieja calle de brea se caminaba y se paseaba. En ella jugaban los niños y los hombres, con trompos y el juego de los cocos secos. Un hombre asía firmemente en sus manos, un coco seco previamente desollado, el otro hombre lanzaba un rudo golpe con su propio coco, muchas veces quebrando de tal forma al de su adversario, que brotaba el agua con ímpetu tornándose sus manos en un fugaz surtidor. El coco abierto al istante mostraba la blancura andina y apetitosa. Los niños arremolinados se disputaban la nívea pulpa.

Al caer la tarde, cuando ya se había agotado la actividad del día, el crepúsculo ungía el pueblo de oro viejo. En ese momento iban llegando los hombres a la carretera. Unos sentados en la superficie, otros en cuclillas, los más de pié, conversaban aquellos temas ininteligibles, de tantas carcajadas y ademanes hasta que las voces eran parte de la atmósfera y lazo fonético entre la calle y la noche.

Al otro día, mientras la mujeres barrían con aquellas escobas de fibras de maguey y tortuoso palo nativo, el sol barnizaba las murallas del cementerio-- con diseño del Arco del Triunfo de Francia-- color de hojas secas. Entonces, se oía un chirrido metálico monorrítmico y algo que al girar daba tumbos, chillido de eje y rueda. Se percibía un estrépito de adrales presionados por rebosante carga de plátanos, acompañados del pregón del verdurero. Entonces, como un aparecido, Moncho Miranda, regalo de la carretera, ofrecía a las mujeres sus plátanos de a tres centavos. Los calzones de Moncho, bajaban muy largos y ocultaban sus zapatos " Sundial". El ruedo arrastraba el polvo y la menuda arenilla de la calle, confundiéndose en su apariencia negruzca con la brea. Moncho MIranda era hijo de la calle. Las mujeres esperaban su llegada día tras día, el chirrido de eje y rueda alertaban el sentido de la cocina. Un día lo vi sentado sobre un saco de arroz en una triste tienda de la calle. su barba de tres días eran finos dardos de oro. Me causó extrañeza verlo allí. Moncho era de la carretera.

Los almendros de Barranco creaban las sombras más gráciles y delicadas de la calle.Se posaba aquella ilusión de frondas como alas de gigantescos mozambiques. A veces, las casas arrojaban sus siluetas a la calle; pero eran sombras rectangulares, moles de sombras sin gracia. En cambio las sombras de los almendros eran el espíritu de las nubes. Las sombras almendrales alargábanse sobre la calle para atemperar el oro del sol que abrasaba su lomo. En el atardecer desaparecían. Con la llegada del crepúsculo sobre las copas de los almendros montaba una galería de cuadros surrealistas.

La calle tomaba ternura cuando una vez al año, un tropel de niños se arremolinaban en un punto de partida. Cada uno sostenía un envase de cristal. Estaban a la espera del comienzo del evento anual. Se lanzarían calle arriba sacando como a las conchas las perlas. Extraían herraduras que soltaban los zapatos para limpiarlas y venderlas al zapatero Chago Vieras. Les tomaba tiempo llegar al final y la gente les miraban inclinados como vietnamitas segando el arroz. Alegrías y desbordante herraduras eran las circunstancias destacadas. Escarbaban con las puntas de sus navajitas y sacaban de entre el negro de la calle, las piezas metálicas fulgurantes como plata pulida. Ya en el final, los envases lucían pesados y repletos, el que más recolectó era el ganador. Luego la calle mostraba a todo lo largo de su lomo, las heridas recién brotadas como un cereal en ebullición.