martes, 11 de noviembre de 2014

Leyenda de la Valentina

George Sand, cuyo auténtico nombre era Aurora Dupin, escribió, en la 2da. mitad del siglo XIX, la novela Valentina.

A la niña le atraían los romeros. Estos crecían a orilla de las frescas aguas de la quebrada y, esparcían su delicada aroma por la penumbrosa rivera. Ella se entretenía coleccionando flores azules y lilas en la pequeña canastilla de mimbre, cerca de su madre que lavaba ropa en la corriente, entre peñas del sector llamado los Pilones.
       
                 -- No te alejes-- le gritaba la madre.

A veces, rumbo a las plantas más floridas, pisaba sobre una piedra cubierta de musgo, perdía balance y caía. El agua le salpicaba todo el vestido, pero ella estallaba en risa mientras su madre corría preocupada hacia su infanta.

Cerca de donde lavaba ropa la madre de la chica y otras lavanderas, se ensanchaba un vado y, más abajo, después de un salto de corriente, se había creado un atractivo depósito de agua que formaba una piscina natural. Todavía ese bonito y agradable lugar carecía de nombre, pero por entonces, se conocía por una sustantivación genérica : el Charco.

A los niños se les prohibía acercarse a sus orillas, pues su hondura era temible. Cuentan que en época de lluvias, donde se precipitaba el salto, se formaba un remolino al cual le decían " un ojo de sumidero ". Los jóvenes y adultos en sus acostumbrados baños, evitaban acercarse al ojo del remolino.
Mientras las personas y muchachada nadaban disfrutando de la estada en el río, se podían ver los martinetes sobre las piedras, los falcones cruzando raudos entre las guabas, árboles de ramas extensas que protegían el cafetal de los estragos del sol -- para aquella época esa especie era la única que se plantaba. Se escuchaban pitirres, vienteveos, a veces, hasta búhos, también se oían las reinitas y los mozambiques alrededor del Charco.
No importaban que los días fueran calurosos, el ambiente en el Charco era fresco pues la espesura de árboles y arbustos se extendía en follaje tupido. Para aquellos tiempos, los ruidos resultaban escasos, se vivía en tranquilidad, pero el sector del río mostraba un ambiente de silencio abacial. Solamente se oía la música de la corriente de las aguas por los meandros, al choque con las rocas de granito y la caída por los altibajos del cauce.

Los varoncitos siempre se escapaban y llegaban al Charco a disfrutar de la fiesta del natatorio. Pero aquella actividad de natación no era solamente diversión y deporte, sino que también constituía un momento de aseo corporal. En las niñas el vedo era duramente estricto. Ellas mismas crecían con la convicción de que constituía una cuestión de moralidad y, no osaban visitar el Charco.

Cuando Aurora, que así se llamaba aquella infanta que gustaba de recoger romeros en la rivera, donde su madre restregaba la ropa, cumplió doce años, mostraba ya un espíritu manumiso. En cierta manera de carácter rebelde y antojadiza con actitudes desenvueltas.

Las primeras veces que Aurora fue al Charco, se escapaba vestida de varón, con su cabello pelirrojo oculto bajo un bonete marrón. En el interior del mahón llevaba un pantaloncito corto para sumergirse y nadar. Siempre estuvo rodeada de niños que la querían y respetaban. Pero no abandonó su predilección por recoger las flores de romero, que las tenía siempre frescas en un humilde florero de cristal, al lado de su catre.

Había un gran peñón sobresaliente en una pared de tierra que se abocaba hacia el Charco. Hasta allí subían los varones más arrojados y saltaban de pie o de cabeza a la profundidad del río. Pero nadie lo ejecutaba con más gracia que Aurora que se lanzaba dando volteretas.

Cuando Aurora iba a cumplir 16 años ya ella había adquirido el epíteto de la Valentina, por la forma que trepaba a los árboles más elevados a desgarrar baquetas de guamá, por lo intrépida saltando del peñón, por vestir distinta a las demás niñas y por ser líder entre los varones. Además por la atrevida forma de esconderse hundida en el ojo del remolino.

Cerca de esa fecha, decidió ella visitar el Charco para bañarse desnuda. Escogió un momento en que el lugar estaba desierto. Cuentan que por esos días hubo inmensos aguaceros. Allí estaba Valentina ofreciendo sus  hermosas formas a las turbias aguas del Charco. Las aguas no podían verla porque estaban ciegas del color terroso del barro que arrastraba la corriente precipitada por el cauce. En un momento dado, quiso Valentina limpiarse las adherencias del lodo bajo el chorro que formaba el remolino con su fuerte caída. Nadó con la confianza acostumbrada hasta el ojo del remolino, pero en ese instante tal como ocurren las desgracias, un tronco con gruesas ramas que venía arrastrando la gran corriente, cayó con estropicio y fortaleza impactándole la cabeza y atrapando uno de sus brazos y sin poder zafarse y aturdida se fue al fondo ya sin aire.

Al otro día su cuerpo flotaba exánime y reposado a orilla del Charco. Los primeros muchachos vieron su cuerpo desnudo con algunas minúsculas flores de romero lilas y azules, que parecían rendirle honores acariciando su rostro en el temblor de las aguas.
Los muchachos escandalizados pudieron domeñar el susto y taparon el cuerpo con la ropa que ella apilara sobre las hierbas.

Pasaron muchos años de la primera mujer que pereció ahogada en la Valentina, nombre del charco o poza natural, adquirido después de la trágica desaparición de Aurora la Valentina.

Otra muchacha muy bonita,de rostro circular y cejas arqueadas, de atractivo cuerpo; llamada Luma Romero también fue a ofrecer su vida en la Valentina. La gente atribuye motivos legendarios. Dicen que el apellido Romero incidió para que el espíritu de Aurora la Valentina, entretuviera a Luma y la confundiera con sus volteretas desde el peñón, hasta atraerla al ojo del remolino donde también pereció en sus aguas convulsas.