jueves, 26 de marzo de 2015

Mi residencia nocturnal

                          " Los hechos, detrás de las palabras, tienen más carga mágica ".
                                                                  ( Ramón J. Sender ).

Balbino lo soñó de esta manera : en un cubículo en el sótano al costado del edificio destinado a guardar los utensilios de limpieza y decoro de las habitaciones, un estudiante universitario había reclinado de la pared, un angosto camastro plegable y, allí habitó durante cuatro años de su carrera colegial.

Antes de su vida estudiantil, había trabajado como obrero de mantenimiento en la edificación. Desde que concibió la estratagema para ocupar un hospedaje sin que le costara remuneración alguna, mientras estudiara, se hizo de una llave del cuartucho, sacó copias y las guardó con celos.

En una almoneda obtuvo dos objetos, que hacía tiempo había fijado en su mente para comprarlos cuando los descubriera a precio muy bajo : un catre y una ponchera. ambas cosas las depositó en el estrecho cuarto de los utensilios para la higiene general y demás artilugios de labores, mientras todavía desempeñaba su oficio de conserje.

A la vista de las demás personas, que tenían acceso al cubil, estos dos objetos eran parte de los cachivaches y desechos. Más tarde adquirió un cajón de madera, que aunque había pensado en una vieja maleta, ésta atraería la mirada y el interés de los que por allí husmeaban. Luego se fijó en una lata de pintura vacía, le raspó el fondo y la restregó con una esponja de metal. Cuando estuvo limpia, le derramó en el fondo una porción de brea que usaban de sellador para la azotea. de esta forma la convirtió en un urinario.

Consiguió un pedazo de tubo plástico de tres pulgadas de grandor, lo serruchó y utilizó una de las partes para fijarla con sustancia adhesiva propia, debajo de la pileta. Esto le servía para ocultar el jabón. el pequeño espejo para afeitarse y peinarse lo disimulaba detrás de un pedazo de panel viejo, que aparentaba estar allí con descuido.
La almohada, ( capezzale en ita., oreiller en fr.). Es decir que en italiano se le atribuye al descanso de la cabeza, cabezal, cabecera. También como posadera de la mejilla -- guancia -- .  Sin embargo, almohada en francés se le atribuye al amortiguador de las orejas, quedaba pillada y escondida junto con la sábana detrás de uno de los cabezales plegables del catre. La toalla era el único artículo personal que quedaba visible, pero pendía de un clavo en el revés de la puerta. Cualquiera que hubiese abierto la hoja de entrada ocultaba de su vista la toalla y allí quedaba aireándose.
La covacha, ésta, poseía un retrete, estrecho e incómodo, pero era suficiente y práctico para sus funciones. El papel higiénico no había que esconderlo.

Para el día de su matrícula, ya tenía toda su ropa guardada en el cajón. La cubrió con un paño limpio. Le puso un pedazo de panel y colocó sobre él, pernios y bisagras viejas, botellas sin valor, estropajo, pedazos de plásticos, algunas brochas inservibles y un pequeño rollo de alambre de púas, para que fuera desagradable meter la mano entre cosas sin valor.

Regino, que según Balbino en su sueño, así se llamaba este joven ingenioso -- cosa rara porque en los sueños uno sabe de los nombres de las personas que conocemos, pero nunca de las que desconocemos -- había adquirido trabajo en un restaurante.

Le ofrecieron dos horas y media como lavaplatos. Entraría a las 5:00pm. hasta las 7:30pm. Le descontaban del salario las tres comidas y tendría un sobrante de $3.00 semanales. El joven estudiante, todas las mañanas, después de desayunar recogía libretas y libros que dejaba en un tablillero en la cocina.

Algunas veces, después de su salida del restaurante, ocupaba una mesa solitaria en un rincón, desplegaba su género de estudios y estaba alrededor de dos horas en las faenas educativas. Pero antes ya había aprovechado el baño del local para asearse.

Siempre llegaba cerca de las diez de la noche a su cuartucho. Entraba por el primer piso y, ya en el ámbito de la escalera, que ocultaba su figura de la visión se afuera, bajaba rumbo al sótano en donde se dirigía a su cubil, examinando con su vista en la obscuridad y si no veía o sentía nada perturbador, abría con su llave la puerta y, a oscuras tanteaba el catre, le daba un vuelto y lo armaba con sigilo sin efectuar ruido alguno. Luego se sentaba al borde de la cama, se quitaba los zapatos y calcetines y después la ropa, que ponía en la cabecera del camastro. Entonces se acostaba ya cansado de un día arduo y laborioso a dormir.
Dormía plenamente. A las 5:30am. despertaba con su reloj mental y las primeras tenues claridades que se filtraban por las rejillas del puente sobre el dintel de la puerta. Entonces encendía la única bombilla que alumbraba el cuarto de los cachivaches. Allá abajo en el sótano, la débil luz que se filtraba no estaba al alcance de nadie. Regino se cambiaba de calzoncillos y se disponía a afeitarse. Se oían los encendidos de los motores de los que marchaban a sus respectivos trabajos. Ya acicalado estuvo hasta el cajón. Levantó la tapa, retiró el pedazo de panel con los objetos inservibles, separó la tela que protegía la ropa. Tomó las piezas necesarias y las colocó sobre el catre. Volvió a situar el paño que cubría la indumentaria y dispuso todo muy bien disimulado, tapando por último el cajón.
Se vistió y escondió el calzoncillo usado dentro de un saco de arpillera como unos de los artículos propios del lugar. Reclinó el catre y abandonó el aposento.

Cuando iba por la calle, sintió el fresco del día en su rostro recién acicalado, como si fuera el toque del agua perfumada de la colonia. Se encontró con el febril tránsito de los automóviles y las aceras que empezaban a llenarse de estudiantes, trabajadores y empleados. Después, cuando hubo desayunado, tomó sus bártulos escolares y, se fue a la primera clase del día. Era la materia de literatura. A Regino le fascinaba. Ese día se tocaba a Rubén Darío.

El profesor disertaba :

Darío no era un poeta místico, aunque anduvo por los cielos y se hacía acompañar por el adjetivo, celeste. " Nosotros protestamos ante la ley que impone la voluntad de Dios ".
Discurre este sentimiento ante la muerte de Víctor Hugo. No era místico, Rubén, lo volvemos a decir al pie de este reconocimiento a las raíces : " Cuando en vientre de América
[ cayó semilla
de la raza de hierro que fue de España
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña".
                       ( A Colón ).
Se ha dicho que , ... " él perteneció al mundo cristiano, pero ni aún sus poemas más fervorosos manifiestan una impecable ortodoxia. Sólo que lo esotérico le atraía, por eso hace suya la actitud sobre las correspondencias de Baudelaire : según la cual las cosas naturales son algo así como símbolos de otras realidades más misteriosas "
                    ( María Isabel Siracusa, Antología poética, R. D., p. 31 ).
Rainer María Rilke también decía : " Entre las cosas y los hombres existe un vínculo espiritual ".
" Las cosas tienen un ser vital : las cosas tienen raros aspectos, miradas misteriosas; toda forma es un gesto, una cifra, un enigma".
                           ( Coloquio de los centauros , Quirón ).
Darío busca en los signos decifrar sus representaciones, no para extasiarse, sino para ampliar su dimensión interior. En Alma mía, dice: " Todo está bajo el signo de un destino
[ supremo.
Corta la flor al paso, deja la dura espina;
sigue en tu rumbo, hasta el ocaso
[ extremo ".

Estas expresiones que siguen de María Siracusa,son muy significativas del por qué Darío se adentra en su mundo endógeno sobre todo en la primera etapa.

" Sus conceptos sobre el valor del arte, la poesía  y la función del poeta, proceden de fuentes pitagóricas y, retoman las tendencias dominantes en la literatura del siglo XIX ( romanticismo, parnasianismo, simbolismo ). Se vincula además, con un hecho sociológico de importancia : la imaginación del escritor frente a la sociedad de su tiempo, movida por intereses materialistas, ávida de figuración, de prosperidad económica y confort. El poeta perturbado por esa realidad aflictiva y negadoras de los valores espirituales, le vuelve la espalda y se refugia en el arte ".
                       ( ibid, Num. 3, ps, 32-33 ).

Naturalmente, Darío con sus exhaustas lecturas va refinando su espírito, pero no solamente refina, sino que fortalece su alma, su reino interior de extraña belleza, de peregrinos conocimientos, de arcana simbología.

A veces lo vemos salir de la suntuosa selva de sus ideas, a toparse con el sol y los volcanes de la realidad; " Ese es mi mal, soñar / . ¿ No oyes caer las gotas de mi melancolía ?/.  En ocasiones lo vemos caminar desde la falda de un volcán sobre las anfractuosidades de la sima, hasta hundirse en las regiones de su reino interior :
El tren iba rodando sobre
                 [ sus rieles /.
De pronto entre las copas de los árboles, vi /
                                  [ un gigantesco /
coloso negro ante el sol /.
Por ti pensé en lo inmenso /.
Arriba hay titanes en las constelaciones /.
Símbolo de la serenidad /.
Y de mi mente mueven la cimera encendida /.

El Momotombo está ahí, pero lo hace grandioso los elementos que bullen en su mundo interior : como espejos, perlas, rubíes, oro, zafiros, esmeraldas, estrellas, ópalos, sueños, fábulas, canciones, secretos, perfumes, símbolos, leyendas, trompetas.

Los sábados y domingos Regino se levantaba más tarde, pues la dueña del edificio, quie era viuda, se trasladaba a una casa de campo que tenía en Cayey. Dormía prolongadamente hasta las 7:00 am., pero continuaba en cama media hora después.
En ese tiempo, escuchaba un ruiseñor que cantaba invariablemente su preciosa melodía de tan característicos trinos. El pajarito se metía entre el follaje de un arbolito de guanábana que crecía en medio de ambas estructuras, rodeado por una cerca de alambre de ciclón. El árbol no podía ensanchar holgadamente su fronda. El cántico del ruiseñor se entonaba con notas alegres bulliciosas dando la bienvenida al aliento matinal, pero Regino descubría atentamente, que interpretaba unas cadencias de arias melancólicas. quizás porque para ese momento le faltaba una compañera.

Abandonaba su cuartucho habiendo hecho el ceremonial de recoger y guardar sus cosas, con el acostumbrado cuidado y sigilo. se llevó consigo, en una funda los calzoncillos usados. Cuando hubo desayunado, partió a hacer lo que efectuaba domingos alternados. En el lugar de las canchas de tenis se encontraban las gradas de concreto que formaban un conjunto de escalones. Regino había logrado fijarse con escondidas intenciones, en los números de la combinación del candado de aquel local en el que se guardaban bolas y otros artículos propios en el desempeño del profesor y estudiantes. Había allí un baño para el uso de los atletas. El domingo Regino abría el candado y usaba el lugar para lavar  sus prendas interiores y asearse. Tendía los calzoncillos en los escalones, los pisaba con piedras y el fuerte sol los secaba con rapidez.

Aprovechaba para repasar apuntes de las clases. Tarea que le tomaba alrededor de hora y media. Después de recoger sus piezas y echarlas en la funda, iban llegando los tenistas y Regino disfrutaba de aquellas competiciones.

Pasado cuatro años de sus estudios, la noche antes de su graduación, Regino se acostó cansado de diferentes actividades, entre ellas midiéndose la toga, llenar documentos, prescribiendo datos para su sortija de graduación, etc. Había tomado un respiro paseando por el Viejo San Juan. Estuvo por el Paseo de la Princesa. Contemplaba la gran fuente cuyos impulsos de aguas bañaba las figuras taínas. Oteaba el mar atlántico, veía la llegada de un impresionante crucero que fondeaba el estrecho entre Isla de Cabra y el mar de la Fortaleza. Era un angosto pasadillo donde a veces encallaban los barcos. Se veía un remolcador trazándole la ruta para que atracara con seguridad. Mientras se acercaba más crecía la hermosa embarcación. Era un mar hogareño y un barco turístico que se acercaba con todo el esplendor de su blancura a descansar de un viaje acezante.

Rememorando la experiencia de sus cuatro años de estudios quedó dormido. Voces y griterías de los que estaban despiertos y golpes en la puerta del cuartucho, que pugnaban por abrir, pero se habían caído las llaves al piso. La luz de la linterna de pilas no lograba proyectarse sobre el llavero y alguien hamaqueaba la puerta. Inmediatamente Regino, con prisa, pero con pausa, cerró el catre, lo reclinó contra la pared, tomó la ropa, pero los tanteos no pudieron encontrar los zapatos. Se metió apresuradamente al retrete y cerró la puerta tras él. Afuera encontraron las llaves. Se había ido la luz. Era un apagón general para el sector de Santa Rita. Abrieron el cuartucho, andaban buscando una linterna de gas que guardaban allí. Tuvieron la suerte después de enfocar por todos los rincones, se toparon con la linterna de gas y abandonaron la covacha.