miércoles, 26 de septiembre de 2012

Herminia

Los golpes del péndulo en la silenciosa noche de la casa sin reloj. Como si fuera una naturaleza caracterizante de ese momento de meridiano pasado.
Tres sonidos apagados, no muy distantes, en tono menor y, cada uno más sosegado, de entonación débil. Como si el ambiente nochesco alcanzara un punto climático.
Era la hora trece, ese instante misterioso que nadie cuenta, en el espacio comprendido entre las doce y la una de madrugada.

La naturaleza se encargó de ponerle sonido : el triste toque de los pensiles metálicos en los relojes de pared.
Es cierto, no los escucha todo oído. Como no toda persona ve la rana en los relieves de los distintivos barrocos de la fachada de la universidad de Salamanca. Así tampoco, no todas las personas pueden percibir la música de los astros en el curso de sus órbitas.
En el cuento Aleph de Borges, se narra un punto estratégico donde se puede ver todas las cosas del mundo proyectadas, pero ocurre específicamente en aquel sitio.

Estos tres sonidos pendulares en desoladas y dormidas percusiones en declinación.
No se podría decir que se oían con sutileza, no se oían : era una percepción del espíritu : no entraba por el oído. Se hacía tenue presencia en el estado anímico. Entonces pensaba en los sonidos del reloj de pared, en ese preciso momento de lo profundo de la negra oscuridad.
En la noche rozaron mis brazos y la espalda, unas ráfagas de efluvios helados en la oscura soledad. Al mismo tiempo que los espasmos, en aquel silencio absoluto cayeron en el aposento los tres tañidos sordos y lejanos, pero de una lejanía del fondo de la casa : los sonidos del péndulo parecían oírse cada uno en alcoba distintas, con intensidad apagada en descenso. Esto me hizo pensar en ese espacio tan largo, entre las doce y la una. La hora trece que nadie cuenta, pero que transcurre callada y apelmazada, tan serena que te hace sentir las estrellas arder fuera del hogar, allá en el cielo húmedo y resbaladizo. Presumo que aquella noche asombrarían los búhos con su oculto péndulo entre la maraña del follaje.

Estuve tentado a levantarme. Me incorporé, cuando sentí la fría madera bajo mis cálidos pies, no†e el choque de temperaturas. Miré entre las celosías, pero la noche era cerrada a fuera y sólo se percibía a la sordina, los signos moderados de la multitud de insectos.
Decidí no encender las luces, pues hubiera estropeado el encanto de aquella hora misteriosa como un barco fantasma. La noche era fría, pues había llovido. Sentía el retazo del agua resbalar en gotas por los canalillos  del zinc sobre la ventana.
Mi cuerpo se cobijaba por la calidez de las piyamas. Salí al pasillo envuelto en una oscuridad que no me era ajena, porque conocía por donde afirmaba mis pasos. Aunque no me resultaba extraña, aquella oscura noche se había asentado en la casa como la oscura sombra del fondo de un pozo. Me encontré primero, con la cocina y contiguo a ella figuraba el comedor. Abrí la ventana de dos hojas, con antiguas celosías. A fuera dormía la espesura perteneciente a la finca de la casa. No se distinguía la vegetación, todo era negro como la noche de borrasca en alta mar. Pude colegir como la entrada súbita de mayor oscuridad adentro en mi entorno.

Entonces reconocí el sonido del agua que el grifo abierto facilitaba su expulsión. Allí junto al fregadero, Herminia restregaba una cuchara y con la yema de su pulgar frotaba lo cóncavo del utensilio.

Herminia fue afectada por un derrame cerebral y quedó impedida de toda su parte izquierda. La pude reconocer cuando me miró e identifiqué sus grandes ojos y su mirada agobiada. Mi prima había muerto varias décadas atrás. Ahora le circunscribía un óvalo de claridad sobre su imagen. Junto a la mesa del refectorio estaba sentada su inseparable madre, tía María. Pero ella miraba únicamente hacia su hija. Tía había muerto antes que Herminia. También un tenue nimbo la rodeaba. Eran dos aperturas de triste luz y desaparecieron al instante borrando sus imágenes.

Pude moverme hacia el aposento. Me desplazaba sumido en el recuerdo de mis parientes.
Llevaba la impresión de caminar metido entre dos noches : la penumbra de mi mundo interior y la ceñuda noche que me rodeaba.