lunes, 26 de noviembre de 2012

Caballo tres penas

Las nubes pasaban ligeras obviando fijar la atención acá abajo. Sin embargo, la mañana se ofrecía tierna aunque radiante. Había poco pasto e inmediatamente tras las hierbas, comenzaban los tupidos árboles. Las horas alcanzaron el medio día y el calor del verano arreció furiosamente.

En aquel breve pastizal corrían hilos de alambre de púas y, se veía la figura triste de un caballo estático, bruno, ya de pocas carnes y muchos costillares; coronado de rojizas mataduras a lo largo del esquelético lomo. Azotaba con la crespada y áspera cola la molestia de enjambre de moscas. Aquel viejo palafrén semejaba a la bestia agonizante que presenta Quevedo en el segundo capítulo del Buscón, donde dice: " a tener una guadaña, pareciera la muerte de los rocines".

Daba la impresión de estar en momentos de descanso, de centelleantes y dolorosos : palos, palizas y patadas con que le atacaba un pelafustán que lo pastoreaba, curtido de tatuajes emblemático de un mundo sórdido.

La mirada de sus ojos apagados era lejana. Y posiblemente ya no distinguía el verdor del exiguo prado, pero de vez en cuando fijaba la vista en cualquier objeto. Lo único ágil que se trasuntaba era una garza blanca que volaba de su espalda, cada vez que el pobre cuadrúpedo renqueaba al dar algunos pasos, pero la más de las veces también permanecía allí, sobre el animal, aunque éste se desplazara.

Tensaba del cuello a la estaca, la soga; por el esfuerzo tratando de alcanzar el cubo del agua colocado fuera de su alcance. Al pasar me di cuenta de aquella lucha intermitente, pero inútil. Subí la loma y le acerqué el balde de agua. Bebió con gusto hasta saciarse.

Cuando me alejaba alzó la testa y me ofreció una cansada mirada y un débil relincho, seguro que de agradecimiento.