lunes, 19 de noviembre de 2012

Historia de una pianista de cine mudo

Lares 1920- 1930. Una carretera central única entraba al pueblo. Por el oeste se encontraba con San Sebastián, hacia el norte conducía al pueblo de Arecibo. En algunos trechos no se veían aceras. Las casas en abrumadora mayoría, eran de maderas techadas de zinc. Sólo una de mampostería fue techada de tejas imbricadas sobre un armazón de recias piezas del país. Aquélla era la casa pastoral. Ya existía la escuela Superior Domingo Aponte Collazo, que albergaba a estudiantes, además de los lareños, a alumnos del Pepino, porque allá no contaban con  Alta Escuela.

Los días y las noches transcurrían sosegadas y frescas. No se conocía el calor. Todos los habitantes barajaban nombres, apellidos y hasta los apodos : la Sirena, Reina Mora, el Ratón, Dick Tracy, el Chango, el Caballo, Pedro Giga, el Chivo, Chita, los Alemanes, la Jirafa, el Curío, Limpia- Nío, Chucho la Perra, Moncho Díos, Machuelo, Miguel el Camello, Chotera, la Malanga.

Pocos automóviles transitaban la calle. Los muchachos de entonces, conocían los autos y camiones por sus bocinas y por el sonido de los motores. Sabían si el carro era de Genarito, de Guillermo Vélez o si el camión era de Monchito Irizarry o de Ángel Ríos, aquel hombre alto que fumaba cigarros, de atractiva presencia y que asesinó a su suegro, Carlitos Valentín. Todos podían adivinar la marca del carro y el dueño o conductor : si era Castellano, si era " el Nene ", si aparecía el auto privado del hacendado don Pepe Márquez o el automóvil de los Alcover. Mientras tanto, jugaban en la carretera distintos juegos : billarda, pelota o canicas entre otros sencillos  deportes.

Carlitos Valentín era un tipo de ebanista , hojalatero y mecánico que fabricaba las masas de romper café para las maquinaria  en los campos. Con ellas se despulpaba el aromoso grano traído de la cosecha. Al momento de morir, estaba laborando en un importante pedido de Cuba.
Después del asesinato, don Paco Paralitici, quien era un diestro ebanista, terminó el pedido de Cuba y cuando le enviaron el dinero, don Paco con su hijo Guilín Paralitici, le llevaron el pago a la viuda doña María Reyes, quien le agradeció tan noble proceder.
La muerte de Carlitos Valentín pudo ser evitada, como todos los hechos en cada ocurrencia.
Ángel Ríos llegó tarde de la capital en funciones de camionero. Herminia su esposa, alentaba celos. Hubo una discusión matrimonial. A los gritos, Carlitos Valentín, que vivía cerca, se movió hasta la casa de su hija. Discutieron yerno y suegro. Ángel Ríos tomó una pieza de acero de un automóvil que era chatarra y le impactó con ella la frente de Carlitos, quien murió al instante.

Con los años el hijo varón de Herminia, Rubén, en su adolescencia se trasladó a San Juan a vivir con su padre. Después ingresó al ejército. Cumplió con la carrera militar. se hizo abogado. Se fue a vivir a Nueva  York y jamás volvió a ver su madre y abuela.
Herminia y su madre María Reyes, murieron en la miseria padeciendo aquella angustia de ser abandonadas.

Naturalmente, por quella época las oportunidades de empleos residían en las faenas agrícolas. La pobre y limitadas vías de transportación era uno de los impedimentos para que se instalaran industrias y talleres en Lares.

Para entonces existía una fábrica de hacer botones para ropa. Estaba ubicada en el sector Borinquen y su materia prima era el nácar.
Este material era traído en estratos o lajas en camiones hasta la fábrica. La industria poseía una máquina que perforaba la lastra, salían unos cilindros del espesor o tamaño de los botones a fabricarse. Después de esta labor constante durante el día, quedaba un sobrante esquelético de las lastras de nácar. Estos eran residuos que al formarse montañas
o dunas de nácar durante el mes, un camión del hacendado Pepe Márquez lo iba replantando, regando y aplanando sobre la superficie de la calle que conducía a su casa.
en el verano esa carretera centelleaba con plena fosforescencia por el brillo del nácar.

Habían dos familias que se sustentaban de lo poco que el cinematógrafo podía pagarles. Para entonces el cine era mudo. Para darle emoción a las escenas se empleaban músicos que tuvieran conocimiento de arias de música clásica. Que pudieran transmitir momentos de suspenso, de sorpresivos impactos, de sutiles espacios románticos, de sentido de persecución o de impresiones de terror.

Doña Isaura Otero de Muñoz y don Pepe Feliciano desempeñaban esa extraordinaria función. No sé si tendrían que ver la película con anterioridad, para ensayar la coordinación exacta, pero lo cierto es que todas las noches siempre salían triunfantes y el público satisfecho. A don Pepe Feliciano le faltaba una pierna. Tocaba violín en el cine, en su casa, enseñaba solfeo y violín. Cuando se desplazaba al cine usaba una prótesis.

Doña Isaura Otero de Muñoz tocaba el piano, pero el de su casa andaba descompuesto. Esperaban siempre a un señor de Quebradillas, que afinaba y componía pianos. Parecía estar muy ocupado por los pueblos limítrofes, porque no acudía a los reclamos de doña Isaura.

Durante la proyección de la película muda, en aquel cine donde estuvo el edificio Villa Ana Luisa, el piano que tocaba doña Isaura y le acompañaba don Pepe en violín, se situaban bien disimulados a un extremo del escenario.
El público se sacudía en los asientos y se sobresaltaba de impresiones momentáneas de nerviosismo, frente a escenas de terror acopladas a los súbitos crescendos y arrancadas de notas y tonos altos que se precipitaban del piano y violín. Como si un director de orquesta enarbolara su batuta, ademanes y gestos frente a ellos. Salían de sus instrumentos las rapsodias de Béla Bartók, los movimientos de Claro de luna, de Beethoven, arias de la Traviata de Verdi, fragmentos de Sacre du Printemps, de Stravinsky. Entonces el espectador entendía con atención sublime, con emotividad la película aunque muda.

Un acontecimiento ocurrido en Nueva York, en 1927, afectaría destructivamente, sobre todo, a doña Isaura Otero de Muñoz. Para esa fecha se proyectó la primera película comercial sonora. Las imágenes aparecían sincronizadas a los sonidos. Las películas serían desde ese momento, habladas.

Una mañana triste : el sol estaba velado por las brumas y calígine. Una fina lluvia intermitente acompañada de un cierzo intimidante cubría a Lares.
Aquella mañana llegó un emisario del dueño del cine a entregarle a doña Isaura un cheque y una nota de despido que contenía con pormenores las razones de la impuesta renuncia. Así quedaba cesante de sus funciones musicales.

Doña Isaura estaba impedida de usar su piano por ruptura y deterioro. No podía enseñar a alumnos. De manera, que al agotarse el dinero remanente, comenzaron días desafortunados. Ya no se veían llegar las compras de otros tiempos repletas de alimentos.
Doña Isaura hacía años era viuda. Sus hijos frente a la penuria, embarcaron. Doña Isaura enfermó.
Al poco tiempo colocaron un crespón negro sobre su puerta.