sábado, 25 de abril de 2015

A todos los artistas del mundo

Se abrieron las flores y echaron los pétalos al aire, con el viento los estambres se dispersaron, pero las mariposas regaron aún más el polvillo de oro. Entonces un niño vio las aguas de un río que ondeaba las flores y las hojas y, miró largamente cómo las diminutas naves se alejaban.

En algún momento aquel párvulo advino a la adolescencia. En busca de aventuras, abrazó la idea de construir un fuerte, allá en un descampado que clareaba en medio del bosque. Con sus únicas hojas cortantes : cuchillo de explorador y machete viejo, un trasto del hogar, acometió la difícil tarea de echar abajo las gigantes bambúas.
Como era incipiente, las cañas altas se trababan aún cuando las hubo cortado. Escogía las gruesas y éstas se erguían hacia el centro de la cepa. Entonces en su caída se trenzaban entre la gran madeja y no se precipitaban contra el suelo. Tenía que empezar a cortar las primeras del círculo de afuera, pero él lo ignoraba.

Cansado e impotente se sentó sobre una roca a contemplar la espesura de otro sembrado de bambúas, que se agrupaban en un lugar más distante. El tupido follaje configuraba las más diversas siluetas. Estuvo observando durante un tiempo inconmensurable de la tarde, la figuras que en lo alto de la frondosidad verde se formaban. Bajo las blancas nubes que recorrían el cielo, el viento, a veces fuerte y, otras delicado, le prestaban aquel movimiento las hacía ir para lugares distantes aunque estuvieran atadas a nudosas espigas. Las nubes allá arriba, que también viajaban se llevaban consigo, aquellos ciervos, camellos, elefantes, jirafas, leones y verdes pegasos.

Pero ya declinaba la tarde y concluía la aventura, sin embargo, como el cierre de una suit, se oían los rumores de las aguas cuando rozaban las piedras de la quebrada y un juí tecleaba su onomatopéyico y triste cántico.