domingo, 13 de marzo de 2016

Leyenda de la canela y las guayabas

                                                      " Picante es la vida, y puede que sabrosa ".

El árbol se elevaba alto y, desparramaba sus abundantes ramas, conformando un bosque él solito.
Echaba tantas frutas que el suelo a su alrededor formaba un tapiz de tono amarillento y rojizo, además despedía intenso olor, pues era de sabrosas guayabas peras.

" El árbol era un cesto de pájaros ". También un macetero de niños. Su estadio recordaba un meidán árabe, muy animado, donde siempre acudían los niños a jugar y, en tiempo de vendimia, a disfrutar de las guayabas.
Estos eran los predios de la casa pastoral. Edificación de arquitectura alemana, de tejas rojizas y balcón aireado. En su patio fronterizo se elevaba una hilera de verdes pinos. Esta casona se enclavaba sobre un hermoso alcor, frente a la carretera que conducía al pueblo.

Por aquellos años, en el pueblito existían ciertos árboles que atraían la atención de los niños. En la casa del señor Pepe Márquez se elevaba un ampuloso y alto árbol de caimitos, también un arbusto de acerolas. Eran de especial atractivos árboles de mandarinas, granadas, de toronjas que las vigilabas el mayordomo de los González quien trabajaba cuidando el ganado. Si Toño Ramos detectaba movimiento en las hojas del toronjal, que no correspondiera al efecto de la suave brisa, soltaba la ubre de la vaca y enfilaba como un proyectil rumbo a la arboleda, casi siempre agarraba a varios niños, pero si entre ellos figuraban los propios de él, entonces dejaba ir a los demás y se ocupaba de reprender a los suyos.

En el patio interior de la escuela Henry Clay habían sembrado un árbol de canela, donado por un médico hindú, casado con una lareña, Ñeta Quiñones El árbol era la curiosidad de los chicos. Les habían contado que fue traído de un lugar lejano llamado Siry Lanka, por aquel médico trigueño de aspecto triste y cabellos lacio y negro esposo de la maestra. Les atraía el hecho de que el tronco del árbol, para cierta época, espontáneamente abría su corteza y no oponía resistencia cuando los niños con sus manos intentaban despegarlas. La flor de la canela en su configuración era parecida a una margarita, pero gigante.

La iglesia presbiteriana todos los años auspiciaba la actividad de la canela, en la escuela Henry Clay. El médico hindú, Idimha Tagore se presentaba en la escuela y desarrollaba, con lenguaje sencillo, la forma como se industrializaba la canela. También se les instruía sobre la data de cómo en la India tanto el cultivo como la industrialización rudimentaria estaba en manos de la casta Shaladamha y nadie más podía trabajarla. Se le aplicaban sanciones y penalidades al que osara infringir la ley. Esta actividad educativa era gratamente acogida por los niños y se complementaba con escenas dramáticas y música por los mismos estudiantes.

Hubo una época en que el templo presbiteriano se ubicaba en una esquina del centro del pueblo. Estaba construido de mampostería y techado de cinc. Siempre volaban palomas y golondrinas en sus alrededores.

Con la predicación de la doctrina, la voz del ministro retumbaba con un fuerte eco que reverberaba en sonidos repetitivos. Este efecto hacía un tanto difícil, por lo menos para los niños entender el mensaje. Ellos giraban la cabeza buscando en el techo y las paredes, el retumbar del eco.
Los sábado la iglesia ofrecía desayuno a los muchachos que se animaban a llegar por allí.
Esto le proporcionaba una ocasión de diversión y de alegría fuera de la rigidez escolar.

Al pasar los años, creció el número de feligreses y se aprobó la construcción por el presbiterado, de un templo nuevo. Quedó modestamente bello, con patio,jardines y dos amplias plantas. Se trajo el piano que había donado un matrimonio germánico, los Sanders.

El señor Sanders se dedicaba a la compra del café y lo procesaba en el pueblo de Aguadilla.
La señora Sanders, mujer alta y seria de aspecto culta, tendría algún título universitario, pero se desconocía, se dedicaba a las labores del hogar. La señora Sanders acompañaba al piano los himnos que cantaban los feligreses. Para los días navideños, interpretaba villancicos y otras piezas navideñas.
A veces, al término del culto, ella concluía tocando alguna rapsodia húngara de Rachmaninoff. En otras ocasiones, tocaba a Beethoven.

Recuerdo que la silla que acompañaba al piano, era de tope redondo de ébano de brillantez y pulido.
Las patas emulaban las de un cóndor andino, cuyas pezuñas agarraban una bola de cristal transparente que le servía de apoyo. Cuando la señora Sanders murió el piano calló por mucho tiempo.

Las noches del pueblito olían a pan que se doraba en hornos de ladrillos con las intensas llamas de la leña traída de las fincas. Los días de sol, para la época de zafra el viento impregnaba su atmósfera con fuerte olor a caña de azúcar recién segada. También en los meses de la recogida del café, la industria productora de la harina, despedía al cielo, el aromático efluvio del café tostado.

El pastor Álvaro Morales, quien siempre presidió la iglesia, fue trasladado. Se había encariñado tanto a través de los años, que mientras permanecía vacante, volvía con mattress y cobijas a pasar entre días en el pueblito.

Una mañana apareció una joven vestida con mahones oscuros y blusa deportiva, en el pórtico de la High School " . Llevaba calzados unos patines y, la rodeaban otras adolescentes y jóvenes estudiantes. Era hermosa y bellísima, no cesaba de sonreír. Era de labios carnosos pero finamente delineados, nariz perfilada, ojos color café, cabello marrón hasta tocar sus hombros. Lucía pendientes en forma de diminutos patines en plata que destellaban a la luz de la mañana y fulguraban con el movimiento cuando su cabello con sus giros permitían verlos.

Inició una carrera en patines e inmediatamente, para sorpresa de todos se lanzó escalera abajo, recorriendo en patines los doces escalones de concreto de la entrada a la Escuela Superior. Parece que era muy virtuosa con su destreza patinando, porque siguió su carrera apoyándose en las ruedas traseras mientras las ruedas delanteras quedaban levantadas.En un momento acometió  un sesgo y velozmente cruzó la calle, ocasionando que el auto que bajaba frenara. Un poco más adelante, cuando ella se detuvo, el hombre que conducía el auto, también detuvo la marcha y le dijo :
                                         -- Preciosa tu estás acabando de nacer -- Volvió a mirarla con detenimiento, impresionado tanto por la habilidad de su patinaje como por lo bonita.
                                          -- Mi vida debes tener cuidado, para que no sufras un accidente lamentable,                                               mi ángel.

La joven estaba recién matriculada en la Escuela Superior. Era la hija del nuevo ministro presbiteriano. su nombre era Ada Toro.

El programa del servicio evangélico de los domingos por la mañana comenzaba a la 9:00 A.M. Con la Esc. Bíblica, para los niños. Se realizaba en la primera planta. Al mismo tiempo se iniciaba el Estudio Bíblico para los adultos, en la segunda planta.
Cuando terminaban los niños, subían a encontrarse con los adultos,quienes eran sus padres. Se formaba el caos. Salían disparados a jugar, algunos echaban trompos a bailar, otros pretendían formar el juego de las correrías. Las maestras nos esperaban con el dedo índice sobre los labios. María Serrano, una de las maestras, perseguía a los que iban a sentarse en zonas equivocadas.

Los muchachos le llamaban al cambio de los domingo, la hora de roncar. Porque cuando comenzaba el sermón, se dormían. Recuerdo que para evitar el sueño, yo había inventado un método.

Lo que el pastor afirmaba en su disertación, yo lo cambiaba o le cancelaba partes para que armonizara con mi relato.

Una vez el pastor hablaba sobre la mujer que padecía flujo de sangre. Destacaba la gran multitud que rodeaba a Jesús. No indicaba el nombre de la enferma, ni los trabajos para llegar a tocarle el manto a Jesús. A mí me evocaba esa circunstancia a Isabel la Zumba, que logró escurrirse hasta llegar donde  don Luis Muñoz Marín articulaba su oratoria. Después decía :
                                                         -- Perdí el prendedor pero lo toqué.
                                                             Y se me quitó el dolor de muela.
En mi narración que murmuraba, la mujer del flujo se llamaba Isabel, dentro de la multitud le ocasionaban moretones, iba desgreñada y sudorosa, se dio una caída, empujada por la muchedumbre y, perdió un antiguo prendedor de oro, única prenda que le quedaba después de vender las demás para pagar a los médicos.

Ese domingo, cuando se entonaron los himnos, al fondo se escuchaba un precioso recorrido de las teclas del piano, que habían dormido, después de la muerte de la señora Sanders. Los ojos de los feligreses tenían un solo objetivo, la pianista que arrancaba tan melodioso acompañamiento. Pareciera que la belleza de ella se transfiguraba en la ternura de la música del piano. Aquella sublime pianista era Ada Toro.

Lo que pude colegir del rostro de Ada, si bien era majestuoso, me impresionó que asomaba una faz ominosa y esotérica. Mientras tocaba el piano, no se quitaba los espejuelos. Se hundía en un mundo particular, con una actitud circunspecta mientras ejecutaba la música.

Ada, en su interioridad, anhelaba ver al hombre que le dirigió unas palabras amables. Un día fue acompañada de dos amigas al colmadito de la esquina, cerca de la casa pastoral. Iban a comprar helados. Ada notó que el auto nuevo, un ford de 1948, de color azul oscuro y llantas blancas, estaba estacionado frente al colmado. Advierte que el conductor estaba ausente de aquel lugar. Sus amigas y ella se acercaron al auto y miraban al interior. El dueño del vehículo que había salido con unos amigos, llegó en ese momento, al bajarse se percató de que las muchachas contemplaban su automóvil.
                                      -- ¿ Les gusta? ¿ Quieren un paseo?
Las chicas rieron y Ada se adelantó, le extendió la mano y le expresó las gracias. Ella le preguntó por su nombre.
                                             --- me llamo Juan González, me dicen juanito -- le contestó él.
                                             -- ¿ Y el tuyo ? --Le preguntó, Juan.
                                              -- Ada Toro, vivo en esa casa.
Juanito miró la casa pastoral y luego la iglesia.
                                                -- ¿ Eres hija del ministro?
Ada contestó con gesto de su cabeza y sonreía.

Eran las siete de la noche, cuando mi padre me envió a comprar pan al panadería. Yo caminaba cerca de la casa pastoral, Se oía el piano en la noche tranquila. Aquella era música clásica. Al pasar frente al colmado, vi a Janito mirando fijamente donde se originaba la música. Ya cuando regresaba con el pan, me di cuenta que Ada, desde el balcón, le hacía señas a Juanito y ambos se comunicaban con aquel lenguaje de signos manuales.

A Juan le llamaban el Negro Caña. Era hombre de buen vestir, orgulloso y un lince. se dedicaba a la venta de automóviles. Al transcurrir tres meses, en Lares se conocía del romance entre Ada y el Negro Caña. Dicho romance había provocado una anomalía en el seno del hogar de la familia cristiana, Juan era casado. Los feligreses padecían, para entonces, un bochorno colectivo. El amorío trajo trastorno y crisis emocional tanto a la familia Toro, como a la familia González Galarza.

Llegó el momento en que dos golpes de adversidad, destruían los cimientos de la familia Toro.
El reverendo quedó paralítico y Ada embarazada. Después la familia Toro se trasladó a Boquerón. El Negro Caña embarcó hacia Estados Unidos, Desapareció el ambiente de zozobra y terminaron los infortunios.


Eran tiempos nuevos. Una generación de jóvenes quiso innovar la iglesia. Sacaron los largos bancos de caoba de valor histórico, pues los había fabricado un reputado ebanista en la década del cuarenta. Los arrumbaron en la intemperie donde la acción de los elementos del deterioro los pudrió. Le tocó el mismo destino al piano que había donado la señora Sanders. En su lugar trajeron cornetas, bajo, panderetas, bongoces, maracas, etc. Para sentarse, usaron sillas desplegables metálicas.
Cambiaron el púlpito hacia el costado del templo. Anularon los viejos himnarios y trajeron nuevos himnos parecidos al reguetón.
Los antiguos feligreses comenzaron el camino de alejarse de la iglesia. El malestar iba tomando proporciones alarmantes. Cierto día el joven pastor junto a los jóvenes del snobismo, se desprendieron y formaron institución aparte.

Lo que no pudieron innovar fueron los viejos preceptos bíblicos ni la forma paupérrima en que nació Jesús.