viernes, 27 de abril de 2012

Infulas de grandeza

                                        " Así como la locura, en su grado superior, es el principio
                                           de toda ciencia, así es la esquizofrenia el principio
                                           de todo arte, de toda fantasía ".
                                                               ( Hermann Hesse, El lobo estepario ).

En un pueblecito
abrumado de árboles y quebradas.
Un triste águila,
que en sueños se convertía
en lobo,
sintió el prurito
de ser elevado
como el Cristo del Corcovado o El Redentor,
sobre Río de Janeiro.

Pensó que en la pequeña
ciudad donde vivía,
sus vuelos no eran notados
porque siempre alcazaba
las nubes
y, su figura altiva
era deslumbrada por el sol.

En las noches,
cuando en sueños
se convertía en lobo,
salía con la luna
a rondar el pueblito.

Notaba que los habitantes dormían,
que la luna llena,
se convertía en otra fase,
que el aullido
con el que esperaba despertar
los durmientes,
se tornaba en un silbido
desvanecido de águila
hambrienta y cansada.

Entonces, cierto día,
mientras oteaba
desde el pináculo
de los bambúes,
el fresco viento
zarandeaba las verdes
cañas altísimas.
El rumor de la quebrada
hacía efecto de somnolencia
y comenzó a soñar :
era un lobo,
andaba agazapado,
buscando trascendencia.
Pasó por entre una huerta
y no tocó ni melones
ni piñas.
Saltó las bajas vallas
de un corral,
poblado de gallinas.
En cuanto las aves
le vieron, no huyeron.
Estalló un jolgorio
de risas gallináceas.
Era de mañana.
Su silueta
parecía más un palafrén
que un lobo feroz.

El hortelano que acababa
de levantarse,
lo descubrió velando
las gallinas.
El hombre fue al interior,
de su casa.
Salió con su esposa.
El hortelano dijo :
" Nos vigila el huerto y el corral,
es manso y está sin dientes
porque es muy viejo".
El lobo puso atención
a las frases de la señora :
" Debemos darle un homenaje,
un reconocimiento.
Nombrarlo rey de esta estepa".
El hortelano quiso corregir :
"rey del corral".
" sí, pero diremos estepa
para que él lo juzgue inmenso".
Pensaron traer
una piedra conmemorativa
igual a la de Guánica.

El águila
nunca despertó.
Volaba dormida
y nadie la veía.

A la tarde,
en el umbral de crepúsculo,
desde el pináculo de los bambúes,
creía divisar el juego de tenis.