domingo, 31 de mayo de 2015

Jerusalén

Jerusalén :
semeja un gigantesco cementerio
antiguo y vestigial.
Ningún féretro viene a yacer.
Los árboles pétreos
vigilan el paso del simún.
El cielo sin nubes, kipa celeste
para la raza de David;
azul lienzo, para moros.
El viento pasa entre las piedras
y edificaciones marmóreas
dejando un rumor de soledad.
El sol enciende los guijarros
y oscurece el rostro de palestinas,
que miran los olivos del este.
Piensan en rancias generaciones,
cuyos espíritus flotan en el viento
como nubes terreras,
que aman con sus almas,
la eterna patria invadida.
Domo de la Roca, de oro luminiscente,
el cimborio toma la luz de las arenas
y, el matiz de las estrellas.
Un manso asno camina
para el Santo Sepulcro,
pero se pierde por los recovecos
con paso torpe de papanatas,
rumiando vetusta pereza
entre muros, calzadas y peldaños.
Hubo un tiempo, que de una alberca,
un ángel movía sus aguas,
el primero en lanzarse,
limpiaba sus padecimientos.
¿ Acaso, entre las tobas seculares,
se descubrirán monedas de cambistas
o de César ?
Moshe Dayan, oteaba
con un ojo solitario desde el desierto
hasta Jerusalén.
Yasser Arafat mudaba su piel,
pero su designio era medular :
la paz con Palestina estado.
Cisjordania escuchará
palabras terrenales y palabras celestiales.
Del Monte de los Olivos,
se esparce un cántico ecléctico,
que dulcemente enlaza
a occidente, musulmanes y semíticos.
Una melodía angélica,
con resonancias de aguas jordánicas,
de suaves tonos y trémulos compases.
Música evocadora de Escipiones,
con percusiones de cascos resonantes
de corceles.
Memoriales de los Magos tras la estrella,
un arrullo de nanas en olores
de pienso y freza.
Un sentido lamento en la noche mágica :

" Jerusalén, Jerusalén
cuántas veces
quise abrigarte bajo el ala
como a los polluelos ".