lunes, 18 de mayo de 2015

Perturbaciones de sonoridad a través de las épocas

Hay ruidos que recuerdan otros ruidos de lejanas resonancias; las chácharas y ramificaciones de estas voces, me rememoran aquellas tumultuosas conversaciones. Hoy la antigua sonoridad envuelta en el silencio del pasado, estremece.

En el siglo XV11 mientras caminaban en el aura del silencio y, la apacible noche los cobijaba, a don Quijote y Sancho los sobresaltó unos ruidos que al escudero lo atemorizó y al de la Triste Figura lo sacó de la serenidad de la noche y lo aguijoneó en inquietud y arrojo:

" ... comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento, porque la oscuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna : mas no hubieron andado doscientos pasos, cuando llegó a sus oídos un grande ruido de agua, como de algunos grande y levantados riscos se despeñaba.  ... oyeron a deshora otro estruendo, ... oyeron que daban unos golpes a compás con un cierto crujir de hierros y cadenas, acompañado del furioso estruendo del agua. Todo causaba horror y espanto. El agua parece que se despeña y derrumbaba desde los altos montes de la luna, y aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los oídos ".

Estos ruidos, golpes, batahola, que acechaban a Sancho y don Quijote, escandalizaron su apacibilidad, con fuerte estrépito y fragor y trajeron al dúo confusión y desasosiego.
Eran, naturalmente, ruidos literarios. Pero entre los personajes y la trama creada, constituyen una realidad artística verosímil.
Eran ruidos de batanes de una rueda hidráulica que en medio de una noche " tan oscura, que no parece en todo el cielo estrella alguna ", infundía miedo y terror. Aunque la circunstancia y la inquietud de don Quijote era distinta, la magnitud de los estruendos también impactaban en el ánimo del hidalgo, porque imaginó que la anomalía arrastraba tras de sí, una ingente aventura que podría precipitar su muerte. Entonces le ordena al escudero que espere tres días y si no regresare, que parta para su aldea y anuncie su fallecimiento y haga llegar el parte a Dulcinea.
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Eran los primeros años de un nuevo milenio. Época en que el viento era puro y sutil. Su sonido claro se percibía, al rozar con los olivos, como una sonatina de violines.
Se escuchó la estridencia ensordecedora cuando pudimos acercarnos al poblado. Allí vociferaba un gentío : que elevaban sus ofertas y ofrecimientos a vivas voces, sonaban campanillas y cencerros, el conjunto de todas las expresiones de los que pugnaban por imponer sus intenciones comerciales, formaba un exacerbado griterío que hería la paz y tornaba el ambiente en una confusión que desorientaba por momentos. Sacudía la atmósfera los balidos enormes de los bueyes abrasados por el sol, sedientos y hambrientos en espera de otros dueños. Berridos de ovejas, ladridos de perros que nunca faltan en su recorrido donde brotan mercado y la gente lanzan por los suelos desperdicios de condumio. Allí los aleteos de palomas cautivas y los cambistas que se desgañitaban ofreciendo el canje de sus denarios, el trajinar por los adoquines con las babuchas de pieles, las delgadas voces de las mujeres, que pretendían asistir al interior del templo y chocaban en el atrio, con las mesas de almoneda. Jerusalén era en ese momento, un hervidero de estruendo y estropicio de grande ruido. Pero algo ocurrió, que después de las mesas rodar por los guijarros y oírse cuando se blandía los azotes sobre las espaldas de los que comerciaban y, el azuzar de las bestias y corderos que salían desbocadas y se echaban por los cielos las bandadas de rumorosas palomas, Hubo, entonces un silencio que descansó los oídos y sólo se oyó en el ámbito y por el límpido espacio, una voz firme, inconfundible, agradable con sonoridad de justicia y armonía de rapsodia cuya alocución articulaba las siguientes palabras : " No hagáis de la casa de mi padre, casa de mercado : Destruir este templo y, en tres días lo levantaré ".
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Los gestos son símbolos de los sonidos. Si las películas de antes no hubiesen sido animadas por la música y los instrumentos de percusión, en la salas de los cines, los gestos de actrices y actores hubiesen sido suficiente para poner sonido en la mente del auditorio. Los gestos se dan en los seres, pero también en los objetos. Veamos lo que dice Ramón Gómez de la Serna, en su volumen, El Dr. inverosímil, sobre un par de guantes :

" Nuestros guantes toman , cuando se quedan solos y abandonados, gestos distintos : gestos de orador, un puro gesto de Demóstenes; gesto de pianista que toca; gesto -- cuando caen reunidos por la muñeca y el uno boca arriba y el otro boca abajo -- de preso al que llevan esposado al presidio; pero, generalmente, nos averguenzan tomando una actitud lastimosa de pedir limosnas, sobre todo cuando los ponemos sobre las mesas de los cafés... Los guantes quieren andar, tocar por sí solos, y son manos cersenadas que quieren y no pueden. Los dejaba estirados, aplastados, dormidos como las manos que oran y se juntan sin cruzar sus dedos ".
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En 1851 el sutil y conciso escritor español, José Martínez Ruiz -- Azorín -- se lamentaba del ruido en aquella callada época :

" A toda hora de día y de noche, se perciben golpazos, gritos, canciones, arrastrar de muebles. Una charla monótona, persistente, uniforme, allá en el corredor, nos impide conciliar el sueño durante horas enteras. Muchas veces hemos pensado que el grado de sensibilidad de un pueblo -- consiguientemente, de civilización -- se puede calcular, entre otras cosas, por la mayor o menor intolerabilidad al ruido.
¿ Cómo tienen sus nervios de duros y remisos estos buenos españoles que en sus casas de las ciudades y en los hoteles toleran las más estrepitosas baraundas, los más agrios y molestos ruidos : gritos de vendedores, estrépito de carros cargados de hierro, charlotes de porteros, pianos campanas, martillos, fonógrafos "?
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En nuestra era actual, el ruido es el efecto conciso de la crisis mundial.
En todo lugar geográfico se cierne sobre sus habitantes, una convulsión que aterra. No son éstas, las ondas sónicas que rugen, sino el escándalo sordo que producen los acontecimientos del orbe. Los ciudadanos se encuentran amenazados por atropelantes leyes de desahucio. Se produce una conmoción cuando se narran los partes de suicidios que informan de la gente que es echada del hogar con sus hijos y demás familiares, artículos y objetos a la calle, a la intemperie, forzados a permanecer en raso como perros que han sido botados.
En Venezuela los ruidos alcanzaron proporciones de locura, cuando un decreto del presidente Obama estremeció la calma del país. Sorprendió a la Patria Grande y produjo  once millones de firmas que se enviarían a Casa Blanca. Así se repudió el abominable aldabonazo. En Libia sacaron a Gadafi de entre una alcantarilla donde se había metido para escapar del enorme ruido que habían armado en su país. Lo abofetearon sobre los oídos para que tomara obligada cuenta de la devastación y entonces lo destruyeron. Hussein andaba como los topos socavando la tierra para evitar el tumulto que impactaba a Irak. Después cuando reclamaba prudencia y libertad para su condición de presidente de una nación, lo levaron a la plaza y frente al gentío, lo ahorcaron.

Aquella tempestad sacudió a Ucrania con un golpe de estado y brotó la sedición entre los aliados pro Rusia a un costo de miles de civiles inocentes.
En Crimea, cuando estalló el barullo lo canalizaron a través de las urnas y anexaron el país a Rusia para acallar sus rigores.

El ruido mundial, esa voluminosa sensación de agitación semejante a un tsunami arrasó en Venezuela, a los inocentes ojos y a través de ellos, los corazones de la gente, que se vio obligada a leer en los diarios la horrible información, tergiversada, recompuesta y montada adrede, con fotografías de otras regiones y otras épocas, de distintos hechos. Eran noticias falsas, engañosas, absurdas, que pretendían acentuar la batahola como efectos dictatoriales del gobierno frente a las guarimbas,

Señores, un ruido recorre Europa y el mundo quebrando como cristales, las almas.