martes, 27 de enero de 2015

Los tambores siniestros

El dictador recientemente destronado, se encontraba en este momento, instalado en una suntuosa mansión a las afuera de la ciudad de Miami. Si bien los cuatro o cinco meses de su derrocamiento no era mucho tiempo, tampoco lo había pasado mal en el exilio.

Serían las nueve de la mañana, cuando apareció imponente con la bata de percal amarillo y las anchas solapas de seda púrpura, tremolando sobre su pecho que asomaba sus bellos ya canosos y abundantes y, entre ellos una amplia cadena de eslabones macizos en oro de la más alta calidad. De la cadena pendía una medalla en forma de patena simbólica, también en oro y, en medio de ella, esculpido en lustrosa plata, un cancerbero.

Subió una escalera menuda de adoquines de unos grises y azules, sin brillo. Fue a sentarse junto a una mesa de fino acero incoloro y tope de grueso cristal. El sol de la mañana llegaba hasta la terraza atemperado por la exuberante pérgola, de enredadera y flores multicolores, que además, imprimía frescura al lugar.

Estuvo mirando fijamente el plinto de una columna egipcia de las que adornaban la terraza de arquitectura barroca. Dibujaba en el rostro, una sonrisa lejana; de apariencia débil, pero fundamentada. Sus ojos daban un aire de embeleso y, su sonrisa se sostenía imperturbable, pero lejana.

En aquel momento pensaba en el deguello del cérvido, a sangre fría, animal que fue traído desde África hasta la diminuta isla de Exuma, para deleite de él y sus dos compañeros tiranos también derribados. Así estaba de ensimismado cuando irrumpió un criado con su desayuno. ( seguramente el mozo le asistió por mucho tiempo, en menesteres culinarios, allá en la casa de gobierno, porque servía la diversa platería, con elegancia y desembarazo ). Al joven sirviente no le bastó tan hábiles atributos.

Cuando el mozo servía el jugo de naranjas, salpicaron unas gotitas y cayeron en la punta de los blancos zapatos del joven. El dictador dejó caer de súbito su mirada concentrada en ira, sobre los zapatos impregnados del criado. Entonces, fulminó :
                         ¿ Ésta es mi naranja ?
                         Sí, Honorable, señor. Asintió el mozo confundido.
                         De modo que primero pasa por sus zapatos, que por mi boca.
El capitel de la columna era de mármol blanco,pero rostro del joven tornóse también blanco como el mármol. Su corazón se convirtió en un témpano casi paralizado.
                         Dígale al general Sánchez que se presente al punto.
                         Sí, mi Honorable señor.
Al punto llegó el general.
                         Mire Sánchez, arrégleselas con este mozo que se ha desmadrado.

Demás está decir que el tirano no desayunó. Bajó de la terraza apremiante. Un guardaespalda se colocó en forma prudente, cerca del área de su visión. El tirano lo abordó, pero sin detenerse y el hombre escuchaba caminando cerca de su jefe.
Alzó el borde púrpura de la manga izquierda de su bata, rescató el reloj y vio la hora exacta.
                         Dentro de treinta minutos, todos los sirvientes y personal formados en el
                         vestíbulo.
                         Sí, mi Honorable comandante.

El tirano entró en su recámara. Al rato salió y se le vio pasar rumbo al vestíbulo. Habían pasdo treinta minutos. Estaba vestido de militar. Su traje de galas, el traje de pasar revista a sus tropas. Sobre el lado izquierdo del pecho fulguraban siete medallas y sobre el lado derecho, otras siete. En medio del pecho deslumbraba la patena de oro con su cancerbero de plata bruñida. Al punto estuvo en el vestíbulo. Fue anunciado con una desigual e improvisada pompa, pero recta seria y marcial. Se movió entre su gente como un péndulo en el ámbito de un silencio de galaxia. Aquel séquito apresuradamente citado, sacado de sus labores -- lavanderas, barbero, cocineros, jardineros, guardaespaldas, mayordomo, jefe de finanzas, jefe de logística, etc. Esperaban el trueno, el rugido de palabras y las amenazas que siempre se cumplían.

El tirano caminaba de un extremo al otro del vestíbulo. Sus pasos eran pesados como toque de tambor. Las botas brillaban sobre las losetas negras del salón. Marchaba erguido y nervioso. Las filas de caras lucían estáticas, parecían esculpidas en piedras de granito. El destello de los ojos del tirano era como el destello del filo del puñal.
Comenzó entonces, a caminar en círculo y pronunció unas palabras. Entonces su rostro echaba candela y los ojos rojos también, igual que el cascarón de un crustáceo puesto a hervir.

                                       Hoy cayó una baja. Comunicó con una voz pausada y
                                       constreñida.
                                       Estoy determinado a quedarme solo si ese fuera el caso.
                                       La orden es servicio con la más absoluta cautela y respeto.
                                       Pueden romper.

El tirano se retiró a su cámara. Los sirvientes tornaron a sus labores. Nadie sabía el motivo de la reunión. La verdad es que estos encuentros se efectuaban casi a diario.

Pasado dos meses, el tirano salió en paseo de yate acompañado de dos ex dictadores. La travesía la hicieron por el atlántico con derrotero a la diminuta isla de Exuma. Los tres tiranos iban sobre cubierta y el viento salobre azotaba sus rostros y, enarbolaban sus cabelleras. Vestían una casulla sacerdotal. No sé la razón de esta rareza, pero acostumbraban vestirse de sacerdotes cuando hacían este viaje. Apoyados en el coronamiento conversaban y escrutaban las olas y las nubes. El viento agitaba los gallardetes que empavesaba el yate desde la torre hasta la proa. Estas banderolas eran todas iguales. Sobre un fondo color de rosa se distinguía la efigie negra del cancerbero. Aparte de las exóticas cenas, de la embriaguez con los caros vinos y la excentricidad de acostarse con negras de Gabón, a las que les faltaba el brazo derecho. En aquellas largas noches de lujurias, en que las mujeres le pasaban por las entrepiernas, embadurnadas de aceite de boa una esponja de mar de Nicaragua.

Esta operación duraba aproximadamente una hora y las mujeres monobrácicas ungían con las esponjas y con suavidad de ángel, aquellas seniles partes. La luz en los camarotes
era tenue, pero contrastaba con una música ritual, de tambores y flautas oriunda de Kenya. Mientras ellos, largos y desnudos, acostados transversalmente con sus piernas pendiendo de la cama escuchaban la litúrgica música y contemplaban las mujeres gabonesas contorsionarse desnudas y espléndidas a la par que daban alagueños y delicados trazos de esponja de mar con aceite de boa por el canal de sus vibrantes partes.

Al llegar a Exuma, fondearon la ligera bahía, echaron ancla un poco retirado del puerto para la conveniente vigilancia de la nave y otras medidas cautelares. Abordaron un esquife y llegaron al ancón. Inmediatamente subieron a un jeep militar. Se remontaron primero por una carretera estrecha y desolada, por un escabroso paisaje. Pasaron luego, por una especie de congosto de naturaleza anfractuosa y ganaron soledad y distancia.
Se detuvieron frente a una albarrada especialmente dispuesta para la ocasión.

Allí bajaron esos tres hombres perniciosos, con sus sotanas agitadas por el viento insular. Prontamente, los hombres que estaban a su espera, izaron el pendón color de rosa, de la efigie negra del cancerbero. Los tres estuvieron erguidos en reverencia. Tres jorobados, estevados y descalzos, de aspectos grotescos, aparecieron frente a los supuestos sacerdotes. Uno de los jorobados portaba un gran jarrón de vino. Los otros dos entregaron unas extrañas copas que consistían del tubo de un quinqué rematado en su fondo o base como especie de cáliz de oro. Estaba esa base de oro hermosamente trabajada y el tubo abombado de cristal, sujeto a ella. El jorobado del jarrón, comenzó a verter vino en las tres extrañas copas y los otros jorobados desaparecieron. Cuando el jarrón especie de crátera griega estuvo limpio, aparecieron los otros jorobados portando otra crátera rebosante del rojo vino.

Ya para esa altura, trajeron inocente y ajeno al cérvido africano. Lo pusieron frente a los tiranos. Cada uno a su tiempo, dio un beso en el hocico del rumiante rayado. En ese momento aparecieron los dos jorobados grotescos y descalzos acometiendo golpes contra sendos tambores africanos. Sólo el tamborileo violentaba la paz del lugar. No había ninguna otra suerte de música, sino el monocorde sonido de los tambores.

Era el crepúsculo cuando silenciaron los tambores. Los tiranos habían consumidos dos cráteras de vino y no aparentaban ebriedad, no obstante sus ojos desorbitados parecían dos manchas de vino. El sudor de sus cuerpos era evidente y, sus labios en contraste con sus rotros rojizos lucían pálidos y de aspecto enfermizos y sus dientes color de hueso asomaban como perros al acecho. Alzaron sus peregrinas copas y se sentaron sobre las rocas. Pronto vino un hombre con una escofina. Ataron el cérvido de patas y lo inmovilizaron. El cérvido presentaba una cara triste como de añoranza e inocencia. Empezó aquel hombre a pasar la escofina sobre los dientes del animal. El ciervo ponía los bramidos en el cielo. Una mujer morena, desnuda, de extraordinaria belleza, que portaba en sus manos una escudilla, se colocó al lado del hombre de la escofina a recoger  en la escudilla, el serrín o polvo dental. Cuando el hombre hubo desbastado la dentadura del animal, la mujer morena y desnuda fue derramando el polvo de los incisivos dentro de las copas de vino. Los tiranos levantaron la copas y bebieron a borbotón. Los tambores volvieron a sonar, fuerte, pero brevemente.

Trajeron un cuchillo reluciente al crepúsculo encendido, su hoja parecía una luz. El hombre tomó violentamente al cérvido martirizado, por los cuernos y en una maniobra audaz le pasó la esmerilada hoja de acero por la garganta del animal y en dos diestros y fugaces trazos le desprendió la cabeza que pasó lentamente frente a la mirada de los tiranos. Los tres déspotas con la expresión del que ha juntado odio durante una vida, extendieron las insólitas copas. El hombre dejó verter sangre cálida en los cálices y opresores apuraron hasta caer exhausto y embriagados.

En el aire, a la luz crepuscular avanzada, tremolaba el pendón del cancerbero.