sábado, 4 de febrero de 2012

Historia de amor del gran tenista

Cuento

Federeke terminó de comer su cena con gusto y satisfacción, nunca antes sentidos. Una excelente y suculenta confección que le dejó atónito, con la cabeza estirada hacia el frente y la vista aparentemente fija, pero recorriendo minuciosamente el mapa y litoral, impreso en la atractiva etiqueta de la añeja botella de vino de Oporto, Portugal.
Hubiera permanecido en ese estado de inercia y rumiando la exquisitez, que minutos antes había saboreado, si de súbito no aparecieran las notas altas de la pieza musical Bolero, de Mourice Ravel.
Le sirvieron : "Ragout au lapin et pomme de terre" una pepitoria de conejo con papas guisadas y grandes y hermosas zanahorias. Postre: helado de guanábana -- fruta tropical-- bizcocho de naranja humedecido con cuantreu, tacita de café negro y vino añejo.
Pensó y se inquietó sobre quién o quiénes prepararon tan apreciable ofrecimiento culinario. después de escuchar, con deleite a la orquesta en su último círculo concéntrico que cerraba la genial conclusión de Bolero, depositó la tarjeta bancaria sobre la pequeña bandeja negra que le trajo el mozo. Ya toda la transacción cumplida, abandonó el lujoso restaurant.

No podía resistir la tentación de llamar a su madre. Lo hizo mientras conducía su Ferrari rojo en aquella noche de nieblas y de luces. Se dirigía al apartamiento de París. Pensaba que a su madre le costaría creerlo, pero ella le respondió : Hijo en el mundo hay todas las cosas. Me alegra que hayas encontrado quien lo prepare como yo. Algún día tenía que suceder. Madre e hijo se comunicaban en francés, esa era la costumbre desde niño.

Aquella noche no quiso ver televisor. Nada le entusiasmaba. Sólo un pensamiento ocupaba su interés : quién pudo regalar a su gusto, aquella excelsitud. Se había vestido las payamas, pero prefirió estar descalzo. Como si su ánimo fuera llevado por un impulso misterioso, se movió a una mesita junto a la chimenea donde la mucama dejaba, en los crepúsculos de otoño, unos leños de almáciga que además de difundir una sutil calidez, diseminaba una agradable aroma. De allí tomó un libro de poemas que era en realidad, lo único que ungía su espíritu. Leyó :

" Escuchar junto al fuego, que palpita y humea,
los recuerdos que se alzan lentamente
entre los carrillones que cantan en la bruma.
Fuma igual que la choza
donde se cuece la comida
para el regreso del campesino. "

(Las flores del mal, C. Baudelaire ).

Un tiempo después dormía cálidamente, reclinado en el sillón tapizado de paja. Ya avanzada la noche, lo despertó la incomodidad. Los delgados leños de almáciga se habían consumido y sólo alguna que otra hornija o astillas animaba débiles pavesas. Se lanzó a la cama. durmió profundamente. La luz del día se filtraba entre los cristales y las cortinas. Federeke tenía dos días de descanso, pero aún así, despertó con la claridad. Después de tomar la ducha y acicalarse, se vestía casualmente, de jeans blancos, polo lila y tenis de vestir. Pensaba estacionarse e ir a caminar cerca del área donde cenó la noche anterior. Del guardarropa, escogió un gorra gris del color de sus tenis, pero no llevaba impresa la característica R F que se había hecho mundialmente famosa. De la pared, de frente al lecho pendían algunos cuadros. Uno de ellos fue realizado en aquel papel telado, que Salvador Dalí, solía vender con su firma previa y, que el muy astuto, estampaba su firma al extremo inferior, obligando al pintor impostor trabajar cuadros no acostumbrados en esa   longitud por el auténtico Dalí. Aquel cuadro era Venus de Milos donde los senos fueron sustituidos por gavetas y los tiradores hacían de pezones. Así también enseñaban gavetas  en lugar de estómago y vientre. Esa impresionante obra surrealista lo adquirió cambiando un auto Jaguar obtenido como premio en torneo de tenis en Monte Carlo. Él ignoraba que la transacción en su última fase participó un ladronzuelo en pequeños museos. En el mismo tabique exhibía su presencia el autorretrato del pelirrojo Vícent Van Gogh. en medio de ambos, un cuadro más pequeño, una creación de Dalí evocando las teorías de Freud. Parodia del Ángeluz  de Francois de Millet. Donde el rastrillo hincado en la tierra, ha perdido la pala y asoma en su lugar, una semejanza de testículos rematado por el
asa-pene. La carretilla muestra, en vez de mangos, dos piernas abiertas ávidas del pene. Se colige que en el silencio y soledad de la estepa el pensamiento de ambos, no sólo es mítico sino que también es erótico. El hombre tapa con el sombrero su órgano viril que ha comenzado a inquietarse.

Ya en el Boulevard Montparnasse, se aparcó en el estacionamiento del metro. Salió a caminar, a merodear, como persona ociosa, pero pensando en pasar a desayunarse al Moulin Rouge donde cenó el atardecer anterior. Era un día claro, de un soleado hermoso. Apenas se veían nubes blancas, el espacio celeste, todo azul. Paseaba por allí, como siempre, una multitud. "La foule ", diría Edith Piaff. Los que caminaban sin detenerse, escuchando quién sabe qué música por los audífonos, iban ejercitando su cuerpo. Los que caminando se detenían a contemplar vitrinas o pintores en plena faena, paseaban por placer. Federeke andava y paseaba, ejercitaba sus piernas, pero también se entretenía. Le estuvo gracioso un padre que le mostraba los chocolates a la niña, pero el joven papá salió  relamiendo el dulzor. Una chica lo reconoció y le tomó una foto. Él la saludó con gesto de simpatía. Hacía una hora que caminaba. Aquella muchedumbre se desplazaba para diferentes sitios. Aunque la época era otoñal, el clima se ofrecía agradable, claro y de una calidez tibia. La crisis en lo referente al comercio, no se notaba, pués las tiendas estaban atiborradas o de compradores o de curiosos. Federeke miró su reloj : las 10 : 15. Decidió ir directamente al restaurante. En el interior miró hacia todo el ámbito. Divisó un ángulo que era destino para desayunos. Un tonel de añejar vino, barnizado, de suave lustro, hacía de utilidad de mesa. Otros tres barrilitos de altura menor, funcionaban como sillas. Al istante apareció el mozo. -- ¿ quiere usted, pasar al buffet? ¿Prefiere ordenar?-- Yo voy--, dijo el tenista. El mozo se disponía a asistir otra mesa, cuando Federeke le reclamó su presencia. Le habló sobre la cena que le obsesionó. Le indagó sobre quién pudo ser el "chef" interventor y si era posible conocerlo. El mozo se apartó para atender una mesa, luego se internó en la cocina. Federeke fue a buscar su desayuno. Mientras saboreaba las tostadas y el café, miraba al fondo del restaurante. Cuando hubo desayunado, vio salir de la trastienda, una joven de librea inmaculada con una boina roja de muy particular estilo. A la altura del pecho, lado izquierdo, una silueta roja de un molino. La joven oficial había aguardado que el deportista terminara, entonces se acercó a él.
--Soy la chef, ¿quería usted, decirme algo?
Pero el tenista no habló de inmediato. Le impresionó su belleza, como si observara una foto artisticamente elaborada. El no se dio cuenta del tiempo que la miraba sin hablar, sólo  ella lo percibió. luego del arrobo, Federeke iniciaba unas expresiones, pero aún con trémulo en las palabras. ---Nada, tonterías mías; pero muy significativas para mí.
-- Bien, diga--. Requirió la joven. Federeke la miró, aumentando su admiración  y su estado de encantamiento, pues su voz le apasionó tanto como su belleza.
--Mire, le voy a contar ligeramente. La joven de rostro rosado y cabellos color bronce lustrado, alzó el antebrazo izquierdo y fijó la vista en su reloj. Se dispuso a escuchar al joven, quien le suplicó que tomara asiento. --Sucede que usted me ha dado una sorpresa de las llamada perla rosada--. La joven chef no le interrumpía, sino que miraba atentamente y pensaba en las frases que el mozo le expresó en la cocina momentos ante.
"--Te quieren conocer. Alguien que ayer, bueno, le habrás puesto el corazón a marinar."
La chef alsaciana miraba a Federeke y lo escuchaba con atención, __ ... y a pesar, que lo he pedido en diferentes lugares, sólo he descubierto que la confección es distinta al artificio de mi madre.
La hermosa joven comenzó a pensar que en alguna parte había visto aquel rostro. Creyó que era actor, pero precisó su imagen en la televisión. Entonces cayó en cuenta que varias veces    lo vio en el fragor y desempeño del tenis internacional.
--¿Usted es F... ? Y pronunció su famoso nombre. Continuó expresando algunas palabras con una actitud muy considerada, luego que Federeke asintiera. -- Yo me siento muy halagada, señor, en mi profesión pongo todo el amor, como usted hace maravillosamente en la suya. Federeke la miró con dulzura y ensayaba su sonrisa amistosa, tras la cual se encuba una idea, una cavilación. ¿Cómo se podrá tener la amistad de este ángel? Pensó.
La chef alsaciana miró su "montre " extendió su delicada mano y, le dio las gracias por su amabilidad.

Después cuando Federeke estuvo en la calle, fue hasta un árbol de naranjas agrias que acostumbraba visitar. Frente al naranjero, a penas percibía la barahúnda de automóviles, buses, camiones, una grúa y obreros en una calle lateral, además de la algarabía de la multitud. El árbol de naranjas era como un amigo pobre para él. Siempre lucía con las hojas empolvadas, un tanto amarillentas en apariencia de inanición. Al pié del tronco sobre la escasa tierra que le rodeaba, unos montículos de escreta canina, dádiva de su rácano alimento cotidiano. Había puesto la mano izquierda sobre el tallo, pero sólo pensaba en aquella mujer vestida de blanco con el logo rojo de un molino a la altura de su corazón. Vio su imagen en el pensamiento cuando se retiraba de la mesa y se encaminaba a la cocina del restaurant. Le recordó a la mujer ideal que Bécquer imaginó en su poema: "Yo soy un sueño, un imposible..." Lo dejó catatónico por un tiempo.
El árbol sacudió sus ramas y agitó las hojas produciendo un suave aire otoñal. Parecía haber guardado un poco de relente que asperjó la frente del tenista.

Por la noche en su habitación, junto a los leños de almácigo en lumbre aromática, se acomodó a leer como era habitual buscando las telarañas del sueño en los ojos. Tomó el libro, Vida perdida, de Ernesto Cardenal y lo abrió a la azar en la página 290. Curiosamente decía : " El verdadero gourmet no es el que sólo gusta de comidas complicadas, sino el que también puede apreciar la delicia del alimento simple, sencillo,
puro, como la mazorca de maíz la papa cocida, el arroz o el pan solo. "
Aquel texto lo envió a la cama con el descubrimiento del tesoro de la sencillez culinaria.

Entonces soñó. Vio a la chef alsaciana acercarse a él como si hubiesen llevado una amistad de meses. No portaba atuendo oficial, sino tejanos azules casuales y una polo blanca que exhibía el diseño de una raqueta de tenis clásica en la espalda. Al frente, sobre el seno izquierdo una bola de tenis.
En la conversación le cnfesaba sus preferencias en la cocina casera. Admitía una sencillez doméstica : emparedado de jamonilla, tomate y cebolla, también sopas de vegetales frescos, a veces, tortilla española.
Estuvirron de visita al "Mussée Le Loubre " Cuando contemplaban la Gioconda, Federeke se sorprendió al notar que el rostro de Mona Lisa era la hermosa cara de la chef de Molino Rojo. La sonrisa era la enigmática sonrisa de la joven alsaciana.

Luego se vieron contemplando las aguas álgidas del Sena. Descubrieron una rosa roja que se deslizaba sobre la corriente. Entre los pétalos, un burbujeo de abejas doradas que no abandonaban la flor, pues iba con ellas la reina.