sábado, 7 de enero de 2012

Bailes

Reflexión
Quizás los motivos inherentes al baile de un bolero, de un bals y una danza no sean los mismos que cautivan en la salsa, el reggaetón, el rook y otros bailables de intenso ritmo. En bolero y danza la suavidad impera. Se transfigura la pareja, en entes de serenidad. El ritmo es semejante a esas tenues ondas que imperceptible se mueven en la delicada brisa de la tarde, sobre las aguas de un lago. Los ejecutantes se sienten cerca. A veces, perciben el palpitar de sus corazones y la calidez de sus frentes. Hay un tiempo y un espacio para soñar sus esperanzas. La música o la vocalización acogen la idea y estimulan el sentimiento.
En cambio, cuando estalla el bailongo de ciertos ritmos como la lambada, el reggaetón, el rook y la salsa, con otros musicales violentos de intensos contoneos, el interés y los gustos responden a distintos orígenes. El estado de entusiasmo satura los sentidos. Los cuerpos se dispersan. La inclinación licenciosa es pura actuación de éxtasis. El espíritu está suelto y sin designio definido. No hay un pensamiento ni una idea atada a un instante de amor. Todo es sensorial, exaltación y gritos. Más que alegría, son deseos de coito. El tono de la música ha de ser explosiva. Se llena el ambiente de gestos y ademanes, que no se podrían decifrar, porque envuelven finalidades absurdas y demenciales que cicunscriben los aleteos del ave sobre el otro ánade. Pero todos tienen su atractivo y su exquisitez. Hay ambiente para la juventud y momentos para los años de solaz.