lunes, 16 de enero de 2012

Tarde del pájaros

"Los mismos ruiseñores cantan los mismo, y en diferentes lenguas es la misma canción".
                                                                   (Los cisnes, Rubén  Darío)

Don Rufino Rivieira, biólogo consumado a la antigua, llegó con el alba a su pequeño y atestado laboratorio. Traía dentro de un pequeño frasco de cristal, un repugnante insecto, un poco mayor que el tamaño de un maní; aún movía las patitas como el molino rota sus aspas.

La indumentaria de don Rufino era semejante a la de Pasteur, aunque él existía en esta época de la computación. Tomó la probeta que contenía alcohol y la vertió dentro del bote de vidrio, hasta hacer flotar al oscuro insecto, como un náufrago desesperado. Después la depositó en un armario repleto de frascos, piedras minerales, fósiles y una báscula del tiempo de la colonización.
El tope saledizo del armario era su escritorio improvisado. Allí colocó una banqueta de delineante y la ocupaba para iniciar la labor diaria.
Don Rufino era un profesor retirado, pero nunca cesó las investigaciones biológicas ni sus lecturas científicas ni su acopio de recortes, fósiles, insectos, etc.

Su pieza de trabajo contaba con una ventana, a través de la que se veía la pequeña huerta. La contemplación de los árboles, el escudriño de las hortalizas, el conteo de los tomates y la clasificación de los pájaros que por allí remontaban, eran sus desvelos en los momentos de asueto. En ocasiones aparecía algún pajarito inusitado. Don Rufino lo observaba cuidadosamente, para descubrir su cántico. Todas las aves volátiles son nerviosas; pero él
distinguía grados de nerviosismo entre ellas. Se fijaba si el ave, aún cuando saltaba en la misma rama, de izquierda a derecha y en forma contraria, tomaba su tiempo para espulgarse el pecho. Si levantaba un ala para hurgarse, si esponjaba el cuello para sentir la tibieza de los débiles rayos de la mañana en otoño. Si buscaba en el revés de las hojas. Cuando descubría la presencia de estos pajaritos furtivos y foráneos, iba a una de las gavetas del armario, extraía un libro en cuyos colores se había hecho sentir la pátina del tiempo. No todas las veces se topaba en las páginas del libro, con la avecilla avistada. Entonces, recurría al telescopio que le obsequió su nieto, el Dr. Rogelio Rivieira, con el afán de que iniciara nuevas actividades un poco alejado del clásico laboratorio. Se acercaba a la ventana, si tenía suerte, que el ave no hubiese levantado el vuelo, lo fijaba en la mira como quien realiza un vitral. Lo examinaba minuciosamente: buscaba la naturaleza del flojel, se interesaba en la redondez de los ojos, lo espacioso de la esfera visual, la longitud del pico y, si el esmalte era como el cuerno del toro o si lucía como un botón de nácar. Si el abanico de la cola se alzaba oblicuamente o se caía con un dejo de impotencia. Después de este reconocimiento abandonaba el telescopio y se abocaba al marco de la ventana. La mirada sin objeto y laxa parecía auxiliar la percepción de su oído. Buscaba distinguir el trino del pajarito exótico y, a veces, descifraba una armonía en el cántico. Una cadencia de notas definidas, dulces y arcanas. Entonces, buscaba su libreta de apuntes ornitológicos e imprimía, en las hojas olorosas a tiempo, unas glosas muy características.

Pero ese día, don Rufino no estuvo dedicado a los pájaros. Empleó las primeras horas de la mañana a examinar una mugre que raspó del tallo de una planta de berenjena. Compuso las laminillas, las estudió a fondo, a través del microscopio. Siempre tomaba sus apuntes y glosa, reforzando sus apreciaciones y ponderándolas a la luz de otras hipótesis en sus diversas fuentes científicas. Si en la mañana llovía, don Rufino dedicaba las horas por entero, al desempeño biológico. Pero esa mañana era clara y despejada. Después de descubrir unos microorganismos e incluirlos en su taxonomía que los particularizaban, decidió salir a la huerta ansioso por aplicarle al tallo de las berenjenas, aquella pócima que acababa de componer. Cuyo resultado fue positivo y certero en laboratorio. Las berenjenas  estuvieron precarias los últimos dos meses. Sus hojas se amarillaban con un tono enfermiso. El fruto se malograba, reducía de tamaño o se desprendía del pezón. Pero no fue él quien descubrió la presencia del mal en las plantas, sino el barbero Chirlo, quien era su gran amigo. Chirlo le visitaba con frecuencia a eso de las dos de la tarde. conversaban de pájaros  y hortalizas, pero nunca tocaban otro tema a menos que estuvieran en navidades. Chirlo le aconsejaba una unción de grasa de automóvil sobre tallos y ramas. Don Rufino le objetaba indicándole que eventualmente le perjudicaría, pues el contenido era tóxico e iría a las raíces y con las lluvias taparía la porosidad a toda la planta. Plamplinas, Rufino, las plantas no sudan, Así que don Rufino se salió con la suya y empleó su propio método. Eran las diez de la mañana, el biólogo caminaba entre su hortaliza. embadurnó un badilillo en la gelatina médica y comenzó a esparcirla allí donde se mostraba un ataque de aquellas manchas musgosas en tallos y ramas de las berenjenas. Le asustó el ruido atronador de un jet que cruzó el cielo raudo como un láser. El anciano miró al espacio, sólo alcanzó a ver lo que le pareció un alcón que va lanzado sobre su presa. Cuando hubo terminado la curación vegetal, se dispuso a abandonar la huerta, pero siempre se llevó dos tomates ejemplares. A las dos de la tarde, llegó Chirlo al balcón. Don Rufino se mecía en el sillón de caoba y mimbre. Ambos se saludaron con entusiasmo. Chirlo tenía en el carrillo izquierdo una cicatriz en forma de serpentina. Era una huella de su niñez. Don Rufino le indicó hacia el maderámen del balcón, animándole a que tomara aquel obsequio. Chirlo tomó un precioso tomate, ya casi maduro y dio las gracias a su viejo amigo. --Éstos son más grandes que los de la cosecha anterior. --ése que te doy es el más grande de todos.
Chirlo, volvió a ponerlo sobre la balandra del balcón. Le dijo, le recodara el vegetal cuando se dispusiera a irse. --Parece que te dio buen resultado el abonar las plantas con flores molidas y pajas de pulpa de cocos. --Sí, pero únicamente lo ensayé con los tomates, pues pensé que las berenjenas necesitaban algo más fuerte. --Si tú le hubieras echado, no tendrías el problema con ellas, hoy. --Esta mañana las curé. --¿ Con grasa? --Qué grasa ni qué ocho cuartos, muchacho. Le pasé una infusión química que les matará las bacterias. --Pero Rufo, de qué te va a valer si el fruto ya tiene el daño y no se va arreglar.
--Lo sé, y la mata no va a volver a parir. --¿Entonces?
--Se queda viva y si reverdece y la enfermedad desaparece, pues tengo la protección para las que van de levante. --Tienes razón, Rufo.

Doña Carmen apareció con café. Luego, volvió a salir con galletitas de vainilla. saludó a Chirlo y le preguntó por Rosario.
Era septiembre y llovía varias veces en la semana. La tarde cambiaba sus matices con      
 sosiego. Empezaron a oírse los mozambiques, cada vez con mayor escarceos. Don Rufino y Chirlo degustaban el café aromático y humeante. Engullían, también, galletitas de vainilla.
--Los mozambiques se han urbanizados, antes se les veía en el monte; pero ahora comen pan, residuos de frituras y cuanta golosina o desperdicios de alimentos encuentran. --Para mí que son glotones y eso los ha empujado a sitios más habitados. --Antes comían semillas y nada más. --Va!, pero hoy me dicen que hasta se meten en los restaurantes. --Cuando llegan en bandadas con ese croar de ellos, dan miedo; son agoreros.
Después, cuando la tarde sacaba su faralá de púrpura y violeta,Chirlo se levantó para irse.
--Llévate el tomate. --No lo dejo por nada, hacía tiempo no veía uno así. En la cena conoceré su sabor.

Chirlo acomodaba sus diversos implementos de barbero, en la antigua consola coronada de un alto espejo. Era un vetusto cristal, al que mantenía lúcido aunque lo demás mostrara un polvo fosilizado. Echaba agua al cuenco de las espumas, con una brocha de cerdas abundantes frotaba una lámina de jabón oloroso. Después con el aspersorio roció los rincones, la silla de barbero, las cuatro sillas de los clientes y hasta una pila de periódicos viejos. La barbería quedó ungida de olor muy agradable, como si la atmósfera propia del local fuera siempre de ese distintivo. Entones, percatándose de la soledad, buscó entre un mandil que desenvolvió, los utensilio  de tallar. Continuó la obra que entre ratos iba elaborando: una preciosa pipa de fumador. Esta pipa era muy particular, pues semejaba a un ruiseñor de figura ligera, alerta y gallarda. La boquilla asomaba por la cola del ave. El brocal se ahuecaba sobre la cabeza del pajarito y, su plumaje en sutiles relieves prestaban gracia y autenticidad.

Una tarde de diciembre llegó Chirlo, a casa de don Rufino. Por la calle, se fijó en la cúpula de la iglesia que se destacaba dormida por encima de todas las edificaciones. Los viejos balcones mostraban una blancura apagada. Algunas macetas de pascuas amarillas y otras de carmín encendido. La brisa que provenía de las cercanas montañas, barría la hojarasca y levantaba un caos de hojas cobrizas en los patios, calles y tejados.

Chirlo llegó con un paquete. Se acercó a la puerta de la residencia, movió la campanita que pendía de una diminuta placa metálica de estilo barroco. El golpe del pequeño badajo sonó con dulzura en el silencio de la tarde. No tardó doña Carmen en aparecer.
                            --Buenas tarde, doña Carmen.
                            --Buenas tardes,Chirlo.
Rufino se había preocupado y preguntaba qué le pasará a Chirlo que no aparece por ahí.
Doña Carmen le había informado, que a Rosario no la soltaba el asma y este mes empeoró. Después de saludarse, don Rufino le preguntó por su mujer. --Ya puede respirar y traga algunas cositas. Doña Carmen le dijo: -- pero  Chirlo, es que usted no la saca a coger el sol. --Ella no quiere salir, está muy apegada al nieto. --Ah!, que lo suelte ya. A mí no se me suben a la cabeza los míos, y cuidado que uno los quiere.
--Rufo, te traje esta bobería. Don Rufino lucía un abrigo nuevo, regalo de su nieto.
--Pues están buenas estas navidades, es el segundo presente que recibo. --Vamos al balcón, Chirlo que esta mañana oí un ruiseñor cantar en las trinitarias y uno de sus cánticos era nuevo. Nunca lo escuché puntear ese tono. Ya sentado don Rufino, en el sillón de caoba tapizado de mimbre y Chirlo en el canapé de ratán, escrutaban las trinitarias rojas, rosas y blancas, que ornamentaban el área de un extremo del balcón.
                           --  Tú sabes que ellos tienen una variedad de trinos.-- Decía don Rufino
mientras miraba el regalo todavía envuelto sobre su falda.
--Yo he oído decir, en la barbería, a un agricultor de Pezuela, que estos pajaritos imitan a los demás pichoncitos.
                            -- Puede que sea cierto, Chirlo, pero en parte. Ellos vienen congénitamente vocalizados con sus matices característicos, pero cuentan con la variedad en el silbido, por alguna necesidad o impulso aprenden trinos de los pájaros en su entorno.
                           -- me dijiste, Rufo, que ¿ oíste un tonito distinto en el ruiseñor, esta mañana?
                          --Sí. Estuvo cantando cerca de las diez. Pero antes de tú llegar estuvo por ahí.
                          --¿ Y te diste cuenta, otra vez, del tono nuevo?
                          -- Sí, volví a escuchar entre todas las cancioncitas, una muy rara. Esta mañana comprendí que era nuevo el trino número seis o siete de todos los que emitía.
Los dos amigos se interesaban tanto en su conversación, que don Rufino no se percataba de desenvolver el regalo que le obsequió Chirlo. Doña Carmen salió con café y sorullos
                          --Rufino, qué olvidadizo eres. en tu gavetero está algo que tienes para Chirlo.
                         -- ah!, sí, Camín, búscamelo un momentito.
                         --Mira Rufo, conmigo se recorta un catedrático. Tú conociste al padre, quien también era barbero y de los buenos, Juan Nieves, se llamaba.
                         -- Como no. Buen amigo mío.
                         --Hace poco me contaba, que estuvo estudiando su doctorado en Madrid. Me afirmó que descubrió cómo el ruiseñor de España, en sus cánticos al de Puerto Rico, pero varía en algunas tonalidades. Sobre todo, se fijó que no dice pitirre.
                         -- Sí, chirlo. El ruiseñor de aquí, dice pitirre clarito, entre todas las demás cadencias. Además, eso confirma mi apreciación de que ellos nacen con ciertos trinos genéticos. Otros los aprenden a su alrededor. Como en España no hay pitirres, ellos no ensayan ese cántico.
                         --Abre el regalito, Rufo
                       --  Sí, sí como no.
Don Rufino fue desenvolviendo la cajita donde estaba el presente. Alcanzó a sacar de dentro una figura barnizada con maestría, muy lustrosa. Seguidamente, exclamó.
                      --Pero qué preciosidad.
Se quedó examinando con interés absorto, aquella excepcional talla. pero su emoción lo hizo llamar a doña Carmen. Ella apareció limpiándose las manos en el delantar.
                       --Mira, Camín--, al momento que extendía el ruiseñor convertido en pipa de fumar.
                       Pero esto no se puede usar, esto es para ponerlo en la sala. Qué pieza maravillosa.
                       --Espera un momento, Chirlo. Don Rufino se dirigió a su cuarto. Al momento apareció con un estuche. Era un instrumento musical.
                        --Ábrelo, Chirlo. Es para ti. Lo encargué en Jayuya.
Chirlo levantó la tapa del estuche y con las manos nerviosas sacó un flamante y lustroso cuatro. Dio las gracias al anciano y comenzó a templar las cuerdas. Al rato doña Carmen y don Rulfo, se deleitaban con un precioso aguinaldo yaucano que Chirlo les regalaba.