jueves, 5 de enero de 2012

El Zumbo

Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.
Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.
Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.
Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.
Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.
Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.
Piro el Zumbo encarnaba en su personalidad, un extraño automóvil. Se la pasaba ronrroneando mientras corría descalzo a velocidad rauda. De su boca salía el ruido del motor de un vehículo. Tiraba hacia delante y para atrás, frenaba de súbito y se ladeaba al tomar una curva imaginaria. Patinaba sobre el fango expulsando lodo de sus pies giratorios como llantas aceleradas. Las ropas y las caras de sus compañeritos resultaban impactadas por el terrozo bache. A veces se apagaba la luz de algunos ojos.
Piro tocaba la bocina. Emitía con una perfección absoluta aquella creación del sonido metálico de impulso eléctrico que sonaba un tanto desgastada, opaca y apagada, pero con una suerte de comunicación donde el truck se anunciaba a sí mismo discurriendo sobre vía pedregosa y accidentada. La bocina no parecía anunciar advertencia, sino un jadeo, un acezar de sufrimiento. El volante-- que era una tapa de lata de galletas-- giraba como sujeto a una caña metålica.

Cuando se celebraban los juegos de baloncesto, en la vieja cancha de Amiguito, Piro se lucía trasformado en un jeep de enduro. El antiguo estadio al aire libre, tenía un margen como de diez pies entre las escalinatas de concreto que se usaban a modo de gradas y la superficie de la cancha. siempre permanecía anegada, por tal razón, se cubría, aquel suelo de musgos y liquen. En el piso, con el agua sobre los tobillos, aquel jeep humano se tambaleaba, pujaba con su motor rugiente, patinaba, se hundía y salpicaba agua contaminada a todos por igual.

Al otro día, alguien comentaba que el juego estuvo interesante pues Lares le propinó pela al Pepino, pero lo que resultó entretenido y de mucha comicidad fue ver a Piro el Zumbo osando en el fango como el "Mackar" de Pepe Márquez.

Con los años, Piro creció y se convirtió un mecánico muy competente.