martes, 10 de enero de 2012

Incas

En honor de Eugenio M. de Hostos. Estos poemas del Maestro, sacado de un poemario suyo desconocido hasta el momento, pero dado a la luz como trabajo de tesis, fueron organizados y compilados por mí como requerimiento de curso doctoral en U. P. R.

Era la primera vez,
veía a los descendientes
puros de Atahualpa
y Huáscar.
los verdaderos andícolas,
hijos nativos de las mesetas.
Tenían ojos negros,
sin resplandor intelectual,
resplandecientes de dulzura.
El vértice del ojo
como la raza mongola:
pálido- amarillo el color del rostro.
Atahualpa y Huácar.
Imperio del sol.
Un niño llorón
fajado en la espalda
de su madre,
sacando la cabecita
a manera de cuévano.
Puro, original,
de hermosísimos ojos negros.
Llevan cubierta la cabeza.
Iban buscando compradores
para ciertas pieles,
pero no lo demostraban.
Raza orgullosa,
hombres de dignidad.
Raza que reciste
sol, nieve, soroche;
agua, rayos, vientos
y ríos crecidos.
Y aquella colonización
de aventureros
que destruyó
aquel imperio celeste.

( págs. 100, 101, 115, 116, 136 ,137, 138, Ed., 1969, Hacia el sur, Mi viaje al sur)

En el interior está la luz

Si la luz del espíritu
no es menos creadora
que la luz solar,
por qué hemos de ser
tan torpemente sensualista?
Los que de esto se asombren,
no se han mirado
nunca por dentro.
Cuando vean el primer
rayo de luz,
la nada sensual
que flotaba,
este génesis diario
a que tan indiferente somos,
verán que el interior  del hombre,
es como el interior
del aposento oscuro:
la conciencia no vive
en el tumulto,
nuestra alma
es  ávida de la claridad.

( Hostos, La tela de araña, Literatura, Caps.,6-7-11, Págs., 138-139-178, Vol. 1, Tomo
1V, Ed., U,P. R. 1997)